Vietnam, te amo (1): Desde hace tiempo

Vietnam, te amo desde hace tiempo. Día y noche, desde hace mucho tiempo.

Llevo diez años recitando este mantra, esta jaculatoria literaria que abre una de mis novelas preferidas: La playa, de Alex Garland. Ahora viajo a Vietnam.

Azul marino, grises, marrones, verdes: la gama cromática dominante de la que no se debe apartar un caballero. En esta aventura estreno pantalón verde militar, más oliva que caqui. Verde vietnamita, ciertamente. Una decisión de involuntaria clarividencia.

Un trombón de varas sonando a diez centímetros de tu oreja es molesto porque el oído es un órgano sensible. Por la misma razón, una grey de horteras constituye una agresión inclemente para cualquiera que posea una mínima sensibilidad artística. Esteticidio es la palabra que acude a mi mente mientras esperamos en esa estúpida —por ineficiente— fila que son las colas de embarque de los aeropuertos.

Prohibido vestir chándal en el avión.

Cari, Gordi… ¿Y por qué no ya, directa, abiertamente, Cerdi?

Pensaba que nunca volaría en un A380, el modelo de avión de dos pisos que Emirates tiene en su flota. Había leído que iban a retirarlos y mis esperanzas se habían esfumado. Pero aquí estoy, sentado en uno de sus últimos asientos. Si me giro hacia atrás puedo ver las escaleras que se enroscan y ascienden hacia la planta superior.

El aeropuerto de Dubái no es gran cosa. En sentido plástico. Me lo había imaginado como un espacio rompedor, disruptivo, que se dice ahora. Y en realidad es más de lo mismo, solo que más amplio y más exclusivo.

Tras dejar atrás la aeronave, todavía recorriendo el finger, puedo verlo vertical, tiránico, indiscutible: el Burj Khalifa: el rascacielos más alto del mundo. Por los equívocos de la distancia, podría medir lo mismo que cualquier otro edificio y hallarse a apenas unos cientos de metros. La impresión sería parecida. Por eso hay que verlo de cerca, implicarse en la tortícolis, ascender a sus pisos superiores si es posible. Pero eso tendrá que ser en otro viaje.

En Ciudad Ho Chi Minh —Saigón; Ho Chi Minh is a son of a bitch, Full metal jacket dixit— el taxista se niega a activar el taxímetro. Nos pide medio millón de dongs vietnamitas, que finalmente reducimos a trescientos cincuenta mil, cantidad abultada en términos de mercado local.

El Hotel Majestic hace honor a su nombre. Si mi memoria no falla, conozco el hotel por Fernando Sánchez Dragó. En su azotea, alzo mi copa de ginger ale y brindo a su salud.

El tráfico de Saigón es un híbrido entre el de Bangkok y el de El Cairo: caos, masificación, atascos, cambiando coches por motos. Se cruza como se puede; con la fe de un ciego, abrazando el ya se pararán o se apartarán.

Los inodoros son también como los tailandeses; es decir, cuentan con una manguerita supletoria que reduce la función del papel a la de mero secante.

Estoy en Ciudad Ho Chi Minh y aún no puedo anticipar esta catáfora: Hanói era su ciudad y siempre lo sería.

Sí, aunque camine por el valle de la muerte, a nada temeré, porque me llamo Rafael. Nací en 1978.

2023-01-18

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