Crónicas egipcias (3): El Cristo del Gran Poder

El ferry ha seguido su curso remontando el Nilo y nos ha llevado hasta Edfú.

Desayunamos ya integrados en el grupo. Los que en un primer instante juzgué como graciosillos empiezan a transmutarse en agradablemente graciosos. Hay momentos en mi vida en que todo el mundo me cae mal hasta que no me demuestre lo contrario. Otras veces sucede justo al revés. Etapas de misantropía se alternan con periodos de filantropía. Podría depender de las fases de la luna, sugeriría un personaje femenino de alguna de mis novelas.

Por cierto: el borrador de mi nueva novela lo terminé hace tres días. Unas setenta y cuatro mil palabras. Ahora toca buscar editorial. Y/o confiar en el buen hacer de un agente.

Algún salvaje ha decidido que el camino hasta el templo de Edfú lo haremos en calesa. Dos parejas más el conductor: cinco personas. Y el pobre caballo dejándose la salud y la alegría cargando con nosotros por carreteras ruinosas mientras el conductor lo golpea con la fusta para obligarlo a obedecer su voluntad.

Voy de espaldas y no veo cuando le arrea, pero lo percibo.

Una voz interior disculpa a las decenas de conductores que efectúan el recorrido. Esta gente no tiene otro modo de subsistir, me dice. Y, bueno, no puede ser muy exacta tal afirmación porque la mayoría de las personas no conducen carros de caballos y subsisten. Además, ¿hasta qué punto es necesario golpearlos con la vara? ¿No es suficiente con un gesto simbólico, admonitorio, simulado?

Nos despedimos del pobre animal en una explanada desde la que ya se divisa el templo. El templo es —no podía ser de otra manera— una predecible colección de columnas y paredes con jeroglíficos excavados.

Nos hacemos unas fotos con el bueno de Samir, nuestro guía con el que ya nos hemos encariñado. El hombre nos echa unas charlas largas como los veranos del colegio, en las que presto un veinte por ciento de atención y María un uno.

Si la Historia no ha conseguido interesarme nunca es porque el pasado no puede competir con el presente ni con el futuro. ¿A quién le importa por qué están ahí esas piedras? El único pasado que me importa es el de los grandes misterios: cómo construyeron la Pirámide de Keops; quiénes y cómo pusieron ahí esos moáis. Cuestiones éstas verdaderamente interesantes, y no si este templo está dedicado al dios Horus o al Cristo del Gran Poder.

No queremos que el cruel y triste espectáculo del camino de ida se repita. Hablamos con Samir para que le indique al conductor que no golpee al caballo. Insistimos en ello varias veces.

Si no le pega, le doy propina, me consigno mentalmente. Si todo el mundo hiciera lo mismo —pienso— ningún conductor agredería al animal. Bastaría un cartel que dijera algo así como: Pegándole: 5 libras egipcias. Sin pegarle: 10. Aunque, quién sabe: lo mismo hay gente tan sádica o tan tacaña que elige la primera opción.

El recorrido se desarrolla sin que la vara sea utilizada para otra cosa más que para golpear el suelo. Con este gesto y el manejo de las bridas, el muchacho consigue acercarnos al ferry sin tener que recurrir a una violencia que se demuestra innecesaria. Se ha ganado la propina que le doy.

Tras la comida tomamos un café en la cubierta del barco. Los paisajes son bucólicos y el barco fluye por el Nilo con una sonrisa.

Ya anochece cuando nos bajamos en Kom Ombo. El templo es mínimo en comparación con los que hemos visto hasta ahora. La luz de la luna le da una consistencia etérea y mágica. De inmediato se convierte en el templo favorito de María. Ya en Barcelona, hace un par de años, cuando una noche desembocamos junto a la Sagrada Familia, quedó agradablemente conmovida por los sugerentes claroscuros de sus relieves. Sin duda, todo monumento gana en cualidades estéticas si se ilumina parcialmente. La luz solar, plural y democrática como rezaría un eslogan vacío, resulta tan generalista que ningunea el detalle. Tan igualitaria que silencia cualquier amago de despunte.

2022-03-18

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