Ya no discuto en las redes sociales

Primeros morritos del día cuando le devuelvo las tostadas a la camarera porque le dije bien claro «poco hechas».

Ya no discuto en las redes sociales y cada vez veo menos fútbol televisado. ¿Es ésta la madurez? Creo que estoy a una camiseta amarilla de convertirme en Bill Murray en Lost in translation e irme a cantar a un karaoke.

Ayer me compré un jersey de cuello redondo.

Nunca me he emborrachado.

Admito que no me pasa sólo con las gafas: también por los moños tengo una especie de fetichismo.

La fealdad es, en esencia, una cuestión de mal gusto. Pero no simplemente mal gusto para vestir. ¡Mal gusto incluso para existir!

«Hay ciudades que amamos de modo irremediable, con una pasión que nos cuesta explicar.» (Rocío Rojas-Marcos.)

Quise ir a Tánger desde el momento en que supe que había gozado de un periodo de esplendor en el que escritores y personalidades varias de todo el mundo habían acudido a ella ávidos de la libertad histérica que allí se respiraba. Descubrir después que la mítica ciudad se había ido marchitando hasta convertirse en una suerte de parque de atracciones abandonado no minó mi deseo de visitarla; más bien lo acrecentó.

Mi interés por Tánger me condujo a libros y a autores relacionados con ella. Así fue como llegué a Mohamed Chukri. Mi curiosidad por el autor rifeño del que había leído Zoco chico me lleva a la Casa Árabe para asistir a la proyección del documental Chukri: un hombre sincero, dirigido por el melillense Driss Deiback.

Tomo notas durante la proyección del documental. Si mi caligrafía es mala, en la oscuridad se vuelve directamente ininteligible.

Recojo esta nota a vuelapluma: «En el mundo árabe son hipócritas y van tapando los/las X». No entiendo cuál es la última palabra que he escrito.

Chukri fue un niño paupérrimo que recorría las calles en busca de cualquier cosa comestible que echarse a la boca. Un niño constantemente agredido por su violento padre, quien llegó a asfixiar a uno de sus hermanos hasta matarlo. Fue analfabeto hasta los veinte años. Su obra empezó a darse a conocer cuando Paul Bowles le tradujo su más célebre novela biográfica: El pan a secas. Chukri la había escrito en árabe y se la dictaba a Bowles en español para que Bowles la tradujese al inglés.

Tras la publicación de su obra, Chukri estuvo amenazado de muerte por la fatwa de Jomeini; como Salman Rushdie por sus Versos Satánicos o como yo en Twitter.

De Chukri los demás destacan su gran bondad y su elevada sensibilidad.

«Tánger es una ciudad mítica. Y el mito no se explica. Si lo explicas cesa de ser un mito.» (Mohamed Chukri, entrevista de Javier Valenzuela en El País.)

Me grabo en vídeo para responderle un whatsapp y luego le contesto con dos capturas de pantalla del documental Jim & Andy: «A Kaufman le importaba más confundir al público que hacerlo reír». Y luego dirá que soy raro.

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