¡Viva el porno, maestro!

Discípulo.—¡Maestro, maestro!

Rafael Sarmentero.—Dime, discípulo. ¿Qué te ocurre? Pareces preocupado.

Discípulo.—¡Lo estoy! Es que me acabo de enterar de una noticia muy fuerte.

Rafael Sarmentero.—Tú dirás.

Discípulo.—Pues resulta que ha salido a la luz un vídeo pornográfico que grabaron en el Aleatorio! Bar, en Malasaña. Usted ha estado en ese bar, ¿verdad?

Rafael Sarmentero.—En numerosas ocasiones. Pero ¿qué es lo que pasa con ese vídeo?

Discípulo.—¡Pues eso, maestro! ¡Que han participado en el rodaje de un vídeo porno! ¡Ellos, que siempre están diciendo que apoyan el feminismo! Todas mis amigas feministas están indignadas.

Rafael Sarmentero.—Qué ironía: llevo años criticando el feminismo, y ahora resulta que una de las razones por las que lo critico se vuelve, precisamente, contra aquéllos que tanto lo defienden. Cría cuervos y te sacarán los ojos.

Discípulo.—Los dueños del bar están ahora pidiendo disculpas.

Rafael Sarmentero.—Normal, se están jugando los cuartos; ¿qué van a hacer? Las feminazis le pueden hundir el negocio a cualquiera. ¿No ves que están locas? Ya advertí sobre este delirio en mi obra maestra ¡Menuda zorra! Yo prefiero decir lo que pienso y vender tres, que callarme y vender cien. Gracias a Dios no tengo que vivir de la literatura y puedo decir lo que me dé la gana. Pero volviendo al asunto del vídeo, no termino de entender cuál es el problema. Han rodado un vídeo porno. ¿Y qué?

Discípulo.—Maestro, ¿lo pregunta usted en serio? El porno produce manadas de violadores, como la de Pamplona. Cosifica a la mujer. Es machista. Es una industria explotadora. Las mujeres lo hacen porque no les queda otra.

Rafael Sarmentero.—Jajaja. Qué tonterías puedes llegar a decir, mi querido discípulo. Eres muy divertido cuando no esnifas cianocrilato a media mañana.

Discípulo.—Pero, maestro…

Rafael Sarmentero.—A ver, vayamos por partes. Dices que el porno produce manadas de violadores, ¿no?

Discípulo.—Es evidente. Lo he leído en un tuit.

Rafael Sarmentero.—Es decir, que todos los hombres —porque todos los hombres hemos crecido viendo porno— somos violadores, ¿no es así?

Discípulo.—Bueno, maestro, todos no.

Rafael Sarmentero.—Casi todos.

Discípulo.—Casi todos tampoco.

Rafael Sarmentero.—O sea, algunos.

Discípulo.—Algunos, sí.

Rafael Sarmentero.—¿Uno de cada diez mil?

Discípulo.—No conozco los datos con exactitud, la verdad.

Rafael Sarmentero.—Muy pocos, en cualquier caso. Yo diría que la inmensa mayoría de los hombres no somos violadores. Y que incluso los que nos hemos criado viendo porno y películas de Tarantino, y jugando a videojuegos violentos, que somos la mayoría, llevamos una vida sexual sana y no vamos matando gente por la calle.

Discípulo.—Eso es cierto, maestro.

Rafael Sarmentero.—Y te diré más aún: estoy convencido de que muchos de esos refugiados que van violando a sus anchas por Europa ni siquiera han tenido televisión ni conexión a Internet en toda su vida.

Discípulo.—Tiene usted razón, maestro. Pero…

Rafael Sarmentero.—Me vas a decir que el porno cosifica a la mujer, ¿verdad?

Discípulo.—¿Cómo lo ha adivinado?

Rafael Sarmentero.—Con frecuencia eres previsible, mi apreciado discípulo. Veamos… ¿Podrías decirme qué es para ti «cosificar» a una persona?

Discípulo.—Pues tratarla como a un objeto.

Rafael Sarmentero.—¿En qué sentido?

Discípulo.—En el sentido de que en esas películas las actrices aparecen como meras herramientas para la satisfacción sexual de los varones.

Rafael Sarmentero.—¿Y ellas no disfrutan?

Discípulo.—Aparentemente, sí. Pero en la vida real…

Rafael Sarmentero.—¿En la vida real…?

Discípulo.—En la vida real no creo que disfruten mucho de esa manera.

Rafael Sarmentero.—Salvo si les gusta la humillación y disfrutan con la dominación.

Discípulo.—Bueno, en ese caso, sí. Pero en los otros casos…

Rafael Sarmentero.—No disfrutarían.

Discípulo.—No, no disfrutarían.

Rafael Sarmentero.—Por lo que, probablemente, no volverían a mantener relaciones sexuales con esos tipos.

Discípulo.—Supongo que no.

Rafael Sarmentero.—Y, por lo tanto, asunto arreglado. ¿Qué otras indignaciones tenías? Ah, sí: que el porno es machista.

Discípulo.—Lo es, maestro.

Rafael Sarmentero.—¿No te parece feminista?

Discípulo.—¿¡Feminista!?

Rafael Sarmentero.—Si nos atenemos a su definición primigenia, el feminismo consiste en la búsqueda de igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Discípulo.—Claro, eso es.

Rafael Sarmentero.—Lo cual implica que tanto hombres como mujeres puedan hacer con sus vidas lo que quieran.

Discípulo.—Sí, pero…

Rafael Sarmentero.—Y que ningún hombre ni ninguna mujer le ha de decir a ningún hombre ni a ninguna mujer lo que debe —y mucho menos lo que puede— hacer con su vida. Y que si una mujer decide que quiere grabar porno, tiene pleno derecho a hacerlo.

Discípulo.—Bueno… Pero ¡es que el porno es explotación!

Rafael Sarmentero.—Ah…, mi débil discípulo. ¿Sabes cuál es la única explotación que existe?

Discípulo.—¿Cuál?

Rafael Sarmentero.—Los impuestos, que son obligatorios. Todos los tratos establecidos entre dos adultos son voluntarios. Y se dan porque benefician a ambas partes.

Discípulo.—Pero la mayoría de mujeres se meten en la industria del porno obligadas.

Rafael Sarmentero.—¿Obligadas? Jajaja. Por favor, discípulo. Te invito a que indagues un poco por tu cuenta. Pregunta. Lee entrevistas. Mírate el documental Hot girls wanted. Ve otros vídeos. Hay miles de ejemplos; están por todas partes.

Discípulo.—Bueno, pero algunas mujeres sí lo hacen obligadas. No les queda otra.

Rafael Sarmentero.—Jajaja. Al final conseguirás que me duela la barriga de reírme. No les queda otra, ¿verdad?

Discípulo.—A algunas no.

Rafael Sarmentero.—Bien. No es cierto, pero supongamos que es así, ¿vale? De modo que tenemos a una mujer a la que no le queda otra. Es decir, que sólo tiene dos opciones: o grabar porno o morirse de hambre. ¿De acuerdo?

Discípulo.—Sí.

Rafael Sarmentero.—Y elige grabar porno.

Discípulo.—Sí.

Rafael Sarmentero.—Para no morirse de hambre.

Discípulo.—Sí.

Rafael Sarmentero.—O sea, que el porno le salva la vida.

Discípulo.—Así es.

Rafael Sarmentero.—Dios santo. Entonces, ¡viva el porno!

Discípulo.—¡Viva el porno, maestro!

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