Viaje a Japón (5): Mi Gran Ola de Kanagawa

{Hoy se cumple un año desde que las suelas de mis zapatos pisaron Shibuya por primera vez. En conmemoración de tan relevante gesto, cuelgo aquí un fragmento del diario de viaje a Japón. El texto está incluido en mi última obra maestra Sano y salvo en Shibuya}

Salimos tarde de casa de A; en torno a las doce y media. Subimos al metro y nos bajamos en Akihabara.

Quiero comprarme un teclado mecánico, compacto, para el ordenador: el Happy Hacking Professional 2 —HHKB Pro2—. Es un teclado que tengo fichado desde hace varios años. Cuando supe que Greenshines iba a Japón, le envié un enlace a una página en la que hablaban de dicho teclado. Él no lo conocía y se lo acabó comprando aquí. Me comenta que lo adquirió en Yodobashi Camera, un centro comercial descomunal dedicado en exclusiva a componentes electrónicos.

Localizo el HHKB Pro2 sobre una balda. Al pulsar sus teclas experimento cierta decepción: no es clicky. No suena como los teclados mecánicos clásicos, donde cada pulsación hace retumbar la mesa. A mí me gusta eso. Me gusta esa rotundidad, ese exceso sonoro. El mecanismo Topre se me queda pequeño, es blandito, femenino, tibio, buenista, políticamente correcto. No estoy demandando el motor de la Harley-Davidson, no estoy hablando de decirle a los otros «Aquí estoy yo». Quiero el teclado para escribir en casa, en soledad. Pero quiero desahogarme, como cuando juego al futbolín y pego zambombazos a diestro y siniestro aun siendo consciente de que no es la técnica más efectiva. En definitiva: quiero poder tratar al teclado de tú a tú.

Hay otros teclados en la tienda; algunos son clicky. Pero por una u otra razón ninguno me termina de satisfacer.

Le echo un ojo también al Kensington Trackball, un armatoste, una bola gigante negra acompañada de cuatro botones. Pero tampoco me emociona.

Al final salgo de Yodobashi Camera con un par de tonterías: un adaptador de tarjetas SD y microSD a USB y una caja para guardar dichas tarjetas.

Comemos en un bar de udon de una franquicia. Me cobran un precio ridículo, cercano a los tres euros al cambio. Como: arroz con algo parecido a queso y algo parecido a bambú. Y pruebo el natto, hito que tengo apuntado en mi lista de cosas por hacer en Japón.

El natto está muy amargo. Pero no me da asco. He leído que se lo produce a muchas personas, pero no es mi caso. Su sabor recuerda en cierta medida al del tempeh.

Caminamos por Akihabara en busca de un salón recreativo. Entramos en el Taito Station. Jugamos a una máquina —Dark Escape 3D— que consta de una cabina en la que entras, te sientas —los asientos vibran—, te colocas unas gafas polarizadas de visión 3D, empuñas una ametralladora y te dedicas a descerrajarles tiros a unos zombis que tienen mal aspecto y escasas ganas de dialogar.

Hace años, B soñaba casi todas las noches con zombis y yo le dije que su remedio pasaba por llevar a cabo un acto psicomágico tal y como el que acabamos de realizar.

Concluida la masacre, ponemos rumbo a Ginza, barrio pijo por excelencia en cuyo restaurante Bifuteki no Kawamura he reservado mesa desde Madrid días antes de venir.

Tras pedirle ayuda a un viandante, entramos en Itoya, una papelería de ocho plantas. La tienda está muy cuidada, aunque no tiene tanto material como cabría suponer a priori. Me agencio dos libretillas verdes Sketch Book de papel cuadriculado que tenía pendientes desde que, años atrás, se las viese en Flickr a un nipón maniaco de las tarjetas índice que se hace llamar Hawkexpress. Compro también un acetato amarillo fosforescente del tamaño de una tarjeta de visita que funciona como lupa.

B se acerca al mostrador con una réplica de la célebre xilografía La gran ola de Kanagawa. La quiere para ella, así que buscamos otra para mí.

Todo el recorrido por la papelería es una contrarreloj, pues no queremos llegar tarde al restaurante. Conseguimos hacerlo a la hora acordada.

En el Bifuteki no Kawamura sirven buey de Kobe que yo, naturalmente, no probaré. Quería tener un detalle con B por aprobar la oposición y me pareció que éste era el adecuado.

Buey de Kobe, nivel nueve de calidad, para B. Yo ceno: ensalada, arroz, verduras, helado de vainilla y té verde.

Cuando salimos del restaurante, llueve. Llego a casa de A con mis zapatillas de abuelo completamente empapadas.

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.