Viaje a Japón (4): Sano y salvo en Shibuya

Nos despertamos. No hay persianas en la habitación. Tan sólo una ridícula cortina. He dormido bien sobre el futón, sobre el tatami, a pesar de que me quedé con el fino y cedí el grueso a B (soy un caballero).

Queremos comenzar el día visitando el mítico cruce de Shibuya. Le preguntamos a A y nuestra anfitriona nos da las oportunas explicaciones.

Básicamente tenemos que llegar a Meiji Dori Street y subir. No tiene pérdida. Es la ventaja de habernos alojado en el distrito de Shibuya: estamos en uno de los centros neurálgicos de Tokio.

Después de desayunar en una cafetería pija situada junto a la casa de A, subimos Meiji Dori. En el trayecto nos cruzamos con varios japoneses con bolso. Hombres japoneses con bolsos que podrían ser de mujer. No colgados del hombro, sino sujetos por el asa. La mayoría parece ir a, o venir de la oficina.

Varias niñas japonesas se cruzan también en nuestro camino. Faldas de tablas y leotardos: esa estampa que hemos visto tantas veces en los documentales y en la ficción.

Nos detenemos en un supermercado y compro una bebida extraña que parece tener algo de miel. Sabe ácida, gaseosa, y tiene —o dice tener— vitamina C. De hecho, parece que ésa es su «gracia». Compro ésta y no otra porque el blogger Greenshines estuvo en Tokio hace poco y escribió que le encantaba dicha bebida.

Llegamos al paso de peatones. Al cruce de Shibuya. A la fotografía por excelencia de la ciudad. ¿Cuántas veces me he imaginado aquí?

Hacemos la oportuna pausa para aprehender el esquivo instante.

El instante ya se ha ido.

Entramos en el no menos mítico edificio Shibuya 109. Ropa rara. Accesorios extraños. Moda que está un paso más allá del futuro. A su lado, el Mercado Fuencarral de Madrid parece varado en los años sesenta.

Comemos en un típico local de ramen cuyo logotipo es un no menos gracioso personaje que enseña el culo y del que venden camisetas en el interior.

Una de las cosas sorprendentes de los restaurantes de Tokio es que todo el mundo bebe agua con la comida. Nadie que yo vea acompaña su plato con una cerveza o con un refresco. De hecho, tienen una pila de vasitos bajos y jarras llenas de agua —algunas incluyen una rodaja de limón— al alcance de los clientes, que funcionan como termos —una cavidad dentro de otra y aire en medio como aislante— y aseguran que el agua se mantiene siempre fría.

Se puede fumar en la mayoría de los locales.

Escribe Ortega en La rebelión de las masas: «Para formar una minoría, sea la que sea, es preciso que antes cada cual se separe de la muchedumbre por razones especiales, relativamente individuales. Su coincidencia con los otros que forman la minoría es, pues, secundaria, posterior a haberse cada cual singularizado, y es, por tanto, en buena parte una coincidencia en no coincidir». Este aislamiento de Japón, esta separación de la muchedumbre —entendida ésta como el resto del Mundo— es la que ha dotado al país de su singularidad tan admirable. Y es, asimismo, el camino que un escritor ha de seguir para no contaminar su esencia y acabar globalizado. Un escritor debe, de algún modo, encerrarse en sí mismo y seguir su propio camino al margen de lo que escriban o demanden los demás —muchedumbre, al fin y al cabo—. Así como Japón hizo durante siglos hasta que el comodoro Perry, al mando de la Armada Americana, les impuso el tratado de comercio que les obligó a abrirse a las relaciones internacionales.

Me pego el mayor atracón de edamame de la historia. También: arroz, brotes de soja.

A B le ha fascinado la sudadera con orejas de una adolescente, de modo que le preguntamos en inglés y señas dónde la ha comprado.

—In romaji —le indico, tal vez absurdamente.

«Takeshita douri», escribe en mi libreta.

Subimos Meiji Dori —paramos en algunas tiendas de chuminadas—, llegamos a Harajuku y atravesamos el arco de Takeshita Dori.

Cientos de tiendas de ropa friki. Muñecos extraños que cuelgan, bolsos barrocos, faldas con estampado de ojos, volantes, colores psicodélicos, algarabía adolescente, euforia de vida que bulle.

B compra algunas prendas. Entramos en una cafetería cuyo logotipo es el dibujo de un golden retriever con boina. El local se llama Pompompurin Café. Está decorado con tonos vainilla y marrón. Muy masticables.

Cuando anochece callejeamos en busca de un sitio donde cenar y al final nos decantamos por un restaurante amplio y oscuro en el que doy buena cuenta de verdura a la plancha (la plancha te la ponen en la mesa y tú cocinas la verdura o la carne), arroz y zumo de naranja (de bote, con hielo y pajita).

Cogemos el metro y nos bajamos en Roppongi. Buscamos en vano un pub donde tomar algo. Sólo entramos en Geronimo, que es guiri y tiene mucho humo. Es una chupitería, para mayor desazón. Nos marchamos enseguida. Tomamos de nuevo el metro y nos bajamos en Hiroo. Buscamos un bar donde tomar sake. Acabamos en un pub irlandés. Tomar sake se parece a no tomar nada. El váter del garito es de la marca Toshiba.

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