Viaje a Japón (3): Japoneses sentados que sorben sonoramente ramen

El avión aterriza en el aeropuerto de Narita.

Nos bajamos.

Las suelas de mis zapatos se posan sobre el suelo tokiota.

Estoy en Japón. Lo he conseguido.

Hago mi primera foto: las tres puertas metálicas que dan acceso a la terminal; cinta transportadora con individuo japonés al fondo.

Tras rellenar un par de fichas con nuestros datos personales y despedirnos del murciano y de su hermana —que ha venido a recogerlo—, nos acercamos a una ventanilla y cambiamos euros a yenes.

Hemos pagado el Japan Rail Pass —para utilizarlo durante una semana— en España, pero aún tenemos que obtener la tarjeta, por lo que nos dirigimos a una oficina del Japan Railways Group (JR).

He contratado el alojamiento por medio de la página https://www.airbnb.es/. Esta web pone en contacto a viajeros con particulares de todo el mundo que ofrecen a aquéllos, bien su casa, bien una habitación de la misma.

Nuestra anfitriona, una japonesa de unos treinta años llamada A, me ha enviado instrucciones precisas para ir desde el aeropuerto hasta su casa. Tenemos que coger el LCC bus hasta la estación de Tokio, subir al metro, seguir la línea Marunouchi (la roja) hasta Kasumigaseki, la línea Hibiya (la gris) hasta Hiroo y salir por la puerta número 1. Luego tenemos que callejear un poco, entrar en el portal de su casa y coger la llave que nos ha dejado en el buzón.

Conforme se aproxima el autobús al núcleo urbano, los rascacielos y los scalextric se hacen más presentes.

Llegamos a la estación de Tokio. Preguntamos en información por la línea Marunouchi y nos dan unas indicaciones y un plano de metro. El espacio suburbano se extiende hasta donde alcanza la vista. Las tiendas más variopintas se suceden sin fin.

Paseamos por un establecimiento grande y diáfano lleno de mostradores con todo tipo de bollería y productos gastronómicos inimaginables. Una japonesa nos ofrece un diente de ajo negro. Tengo ganas de probarlo, pero llevo una ortodoncia transparente y no lo hago. B lo prueba y le gusta.

El primer encuentro con la extrema cortesía nipona lo tenemos en la calle. Estamos buscando la casa de A, pero hemos dado un paso en falso y no encontramos la comisaría que nos debería servir de referencia. Preguntamos a una mujer de mediana edad a la que enseguida se le une un señor algo mayor. El japonés saca su teléfono móvil, busca la dirección, nos señala que debemos subir la calle que estábamos bajando y se ofrece —todo sonrisas ella y él— a acompañarnos. Rechazamos su oferta y damos las gracias.

Subimos al piso de A. Llamamos al timbre y al no obtener respuesta probamos con la llave. La puerta no se abre. Lo intentamos varias veces sin éxito. Bajamos y miramos de nuevo en el buzón, por si la llave que tenemos sólo abriese la puerta del vestíbulo. Pero en el buzón no hay nada más.

Subimos y probamos otra vez, sin éxito.

No debe de ser tan complicado, reflexiono. Pruebo a girar la llave en sentido antihorario, como si quisiera cerrar la puerta. Y se abre. Extraña cerradura que funciona al revés de lo habitual.

La casa de A consta del clásico genkan —especie de zaguán pequeño donde uno se quita los zapatos y se pone las zapatillas—, salón, dormitorio de A —la puerta está cerrada—, cocina, baño, aseo y el dormitorio con tatami donde nosotros vamos a dormir.

La tabla del WC tiene una funda de lana. Puaj. En principio pienso que la usa A para sentarse, pero luego concluyo que la ha puesto para nosotros. Para que no ensuciemos su tabla. Cuando abandonemos su casa la quitará.

Soltamos las mochilas sobre el tatami y nos vamos a dar una vuelta por el barrio.

Hay una tienda de objetos típicos japoneses —abanicos, palillos…—. Quizás tengan el noren y los oryoki que quiero comprar. Preguntaré un día de éstos.

Pasamos junto a una sala de pachinko. Le indico a B que entremos. Dentro, el sonido es tan ensordecedor como había leído que era. Luces, gente abismada. Humo de tabaco. Más luces. Más ruido.

Desandamos lo andado y entramos en un restaurante: Madera oscura, sacos de fideos apilados, japoneses sentados que sorben sonoramente ramen.

En la puerta hay una máquina en la que introduces dinero, seleccionas el plato que quieres y obtienes un ticket que entregas en la barra. Elijo arroz con tofu y una salsa marrón que no identifico.

Japón es justo como lo había imaginado. No: Japón es todavía mejor de lo que lo había imaginado.

Después de cenar regresamos a casa de A. Desde la ventana del dormitorio se ve un pequeño parque con un banco. Los cables de la luz se mezclan y retuercen en las alturas. En Japón, como en Tailandia, el cableado eléctrico no está soterrado. (Leo múltiples teorías que explican el porqué: por la urgencia de dotar al país de electricidad tras la Segunda Guerra Mundial, porque los edificios se renuevan con frecuencia y soterrar los cables implicaría reconstruir las estructuras subterráneas, porque las averías que provocan los terremotos son más fáciles de reparar si los cables están a la vista…)

A llega a casa. Nos presentamos. A me recuerda al personaje de La piel fría al que el narrador se refiere como «el triángulo». No sé muy bien por qué. Tal vez por la atípica disposición de los ángulos de su cara.

Extendemos los futones y dormimos.

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