Viaje a Japón (2): Té sencha a 35 000 pies de altura

Poco antes de que el avión tome tierra en Frankfurt, las azafatas nos comunican que, a pesar del retraso, el avión de la JAL no despegará hasta que lleguemos los pasajeros procedentes de Madrid.

Un aeropuerto es una metáfora de la prisa y lo aceptamos caminando a buen ritmo detrás de una amabilísima azafata alemana que nos guía por los intestinos de la terminal.

Lo preocupante de la situación no es que nos estén esperando. Lo preocupante es que no tenemos el billete impreso. Y no nos hallamos en las circunstancias más favorables para obtenerlo.

La larga caminata concluye en las puertas de embarque, donde un alemán con cara de bulldog —valga la redundancia— y un estúpido pendiente —valga de nuevo— nos pide los consabidos billetes.

Le explicamos nuestro problema a nuestra cicerone, la alemana buena, y ésta, en su idioma rijoso, le transmite el mensaje al alemán malo.

El pánico: No Internet en el móvil. No tiempo para ponerme a buscar la red wi-fi, hacer login, etc.

Pero que Dios bendiga a los Estados Unidos de América: he tenido la prudencia —llámale genialidad— de dejar la reserva del vuelo abierta en una pestaña del navegador. Por si acaso.

Negándose al principio, a regañadientes después, el alemán malo nos franquea el paso.

En el control de pasajeros nos obligan a entrar en una cabina que funciona como escáner.

Mientras tanto, nuestro equipaje cursa la proverbial inspección. La alemana buena nos espera, la prisa apremia y otro alemán malo, policía, coge mi bolso de mano y me pide que lo acompañe. Al parecer le da mal pálpito mi Kindle.

Entramos en una sala pequeña y el policía pasa un cartoncillo por la pantalla del lector de libros electrónicos.

La prueba da negativo, intuyo, porque me deja marchar.

Prácticamente corriendo subimos las escalerillas que conducen al túnel por el que se accede al interior del avión.

Minutos después, el 777 de la JAL acelera por la pista y despega con una potencia que me sorprende.

Las azafatas son japonesas muy guapas. Nos sirven té sencha. Soy feliz.

Cuando reservé el vuelo por Internet, tuve el acierto que me faltó en el viaje a Tailandia y elegí el menú vegetariano. Pero por alguna razón automágica, el recibo que llegó a la bandeja de mi correo indicaba que había seleccionado el menú «light» para la ida y el menú «baby» para la vuelta. Misterios de la informática.

No obstante, la comida está buena y las azafatas no reparan en muestras de cortesía y se aseguran de que las viandas que me traen me satisfacen.

Durante las diez horas que dura el vuelo juego a un videojuego de golf y al Tetris en el pequeño monitor que se despliega del apoyabrazos del asiento. También intento ver una película, pero está doblada en sudamericano y desisto enseguida.

Mi nivel de inglés y yo conseguimos entendernos con la azafata, que me sugiere, rodilla en tierra, que llame por teléfono a la aerolínea para que me cambien el menú del vuelo de regreso.

Las azafatas japonesas se agachan y apoyan una rodilla en el suelo cuando se dirigen a ti. Intuyo que la idea tras este gesto es la de que los ojos de ambos interlocutores estén alineados, no transmitiendo así al inconsciente la impresión de que ella se considera superior a ti.

Todo el trayecto transcurre con luz solar. Para simular la noche, bajan las persianas. No consigo dormir. Leo Choose yourself, de James Altutcher en mi Kindle libre de estupefacientes. Intento dormir. Nada. Leo. Lo intento de nuevo. Nada.

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