Viaje a Japón (1): La alegría de un tonto cuando le enseñas un oxímoron

Creo que soy una persona tranquila, taciturna, poco beligerante y que practica por lo general el «vive y deja vivir», ahimsa, paz, hermano y toda esa vaina. Sin embargo, repaso mis últimas diez excursiones y observo lo que dice la estadística:

Discuto en el 90% de los viajes.

Discuto en el 0% de viajes que hago con mi familia y en el 100% de los que hago con mi novia.

Mi objetivo en este viaje es evitar todo tipo de disputa. Me he recordado varias veces esta intención para tomar conciencia y estar preparado.

Pero no va a ser posible. Y ya puestos a discutir, para qué perder el tiempo esperando a llegar al destino si puedes discutir en el autobús que te lleva al aeropuerto. (En realidad la discusión ya comenzó cuando decidí facturar equipaje al reservar un vuelo interno, pero obviaré esta circunstancia.)

Las discusiones —uno las analiza, busca los porqués y hace propósito de enmienda— siguen un esquema similar al que expongo en esta lista:

  1. Uno de los dos le habla mal al otro.

Y no hay más puntos en la lista. Porque después del punto 1 ya estás dolido y reaccionas a la defensiva, generándose así un ciclo de «te hablo mal y me contestas peor» del que lleva tiempo escapar.

Esta vez la disputa es por los billetes. No he conseguido hacer check-in online porque la página me daba el clásico error indeterminado contra el que nada puedes hacer. De modo que tenemos que hacer check-in offline en los terminales del aeropuerto.

Yo defiendo que hay que hacerlo en un terminal de la JAL, puesto que el viaje lo gestiona la aerolínea nipona (de hecho, en la reserva se lee: «JAL. Operado por: Iberia»), mientras que B sostiene que debemos hacerlo en la de Iberia porque es la responsable del primer vuelo.

Mi energía para defender una postura es directamente proporcional a lo que me importe el asunto en cuestión e inversamente proporcional a las ganas de discutir que tenga, que suelen ser, como he comentado antes, bastante escasas.

B y yo tenemos un mantra que se me ocurrió hace años caminando por la calle, y es «Gabriela Mistral». Me pareció gracioso un mantra que al repetirlo sucesivas veces se transformase en un trabalenguas. Nunca hemos hecho meditación y en consecuencia nunca hemos utilizado el mantra. Pero supongo que recitarlo en este momento ayudaría a relajar la tensión.

Seguimos discutiendo.

B se endragona, como le digo yo cuando dilata las narinas y comienza a echar fuego por la boca. Y yo le contesto mal. La cuestión se dirime cuando mi energía se agota y accedo, a mi pesar, a obtener el billete en el terminal de Iberia.

La máquina nos entrega los billetes, pero sólo los del trayecto Madrid-Frankfurt y no los del trayecto Frankfurt-Tokio.

—Ya los sacaremos en Frankfurt —acordamos.

Las pantallas anuncian el embarque a las 15:45. Tenemos margen y aprovechamos para comer.

Me ventilo unos tallarines con queso, bastante grasientos y bastante caros, como cabe esperar de un aeropuerto.

Las pantallas indican una demora del vuelo. Nos preocupa que este retraso nos suponga un problema a la hora de efectuar la escala.

Un chaval que espera en la cola de embarque está haciendo el trabajo sucio de ir al mostrador de Iberia y preguntar qué sucede, así que lo dejo proceder mientras aguardo paciente. Luego le pregunto.

El chaval es de Murcia y nunca ha viajado en avión. Va a visitar a su hermana, que reside en Japón.

—Me suena tu cara —me dice.

—Pues no sé…

No parece mal chaval, aunque va un poco de graciosillo. Se le perdona. Está imbuido de esa alegría pasmada que observas en un gamer cuando aprende un combo, en una adolescente cuando escucha un nuevo tema de su cantante favorito o en un tonto cuando le enseñas un oxímoron.

Una vez en el avión, los altavoces informan del motivo del retraso: la tormenta que se cierne sobre la sierra madrileña ha provocado que algunos aviones aterricen más tarde de lo estipulado y han originado un retraso en cadena.

Casi tres horas más tarde llegamos a Frankfurt.

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