Viajar ligero

He leído varios blogs sobre lightweight travelling. He visto vídeos en los que te explican cómo convertir camisetas y pantalones en cilindros del tamaño de un puño para que ocupen poco espacio. Me he documentado sobre marcas y modelos de mochila que hacen el viaje más llevadero. Y he llegado a la conclusión de que el tamaño adecuado de una mochila es el que no llega a los treinta litros, situándose el tamaño máximo admisible en los cuarenta y cinco.

En la calle Fuencarral, de pie, he esperado hasta las cinco de la tarde a que abrieran la tienda de bolsos, mochilas y maletas, que anunciaba su apertura a las 16:30 (como en España no se vive en ningún sitio), y he estudiado varios modelos que respetaban los consejos de los viajeros más expertos.

¿Por qué razón, entonces, estoy aquí, en Barajas, cargando la misma mochila de sesenta litros que me llevé a Tailandia? ¿Es que no he aprendido nada?

Por supuesto que sí. He aprendido que hay que viajar ligero. Lo más ligero posible. Esto es algo que, obviamente, ya sabía. Pero indagar en el tema te hace estar alerta y te ayuda a ser menos condescendiente con los «por si acaso», que son el peor amigo del viajero.

—¿Chubasquero?

—No.

—Lo aconsejan para subir al Fuji.

—Me aguantaré si llueve.

—¿Zapatillas deportivas?

—No.

—¿Y si sales a correr?

—Pues no salgo a correr.

—¿Tu sombrero de viaje?

—Esta vez no.

—Pero siempre te lo llevas… ¿Sólo te vas a llevar una de tus habituales gorras?

—Exacto.

Y así, siguiendo la estrategia de podar todo lo negociable, distribuyo el equipaje entre la mochila y un pequeño bolso de mano.

Equipaje:

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