Verano será cuando yo quiera

Se me ocurrió la idea en noviembre, mientras corría por la playa. Esta mañana, un mes más tarde, estaba decidido a ponerla en práctica.

Mi hermana, de natural cauto y ortodoxo, expuso sus reticencias:

—Todos los años muere mucha gente de infarto por bañarse en el mar en invierno.

Pero yo tenía el plan diseñado en mi cabeza —ir a la playa, correr un rato por la arena y luego bañarme— y no estaba dispuesto a que la prudencia excesiva —esa aguafiestas— echara por tierra mi atractiva aventura.

Me puse el bañador, me coloqué una camiseta, y los cubrí con un pantalón de chándal y una chaqueta polar de grosor fino.

Ya en la playa, troté hacia el este y después hacia el oeste durante unos quince minutos.

Por el sendero de tierra caminaban bastantes familias. Algunos más intrépidos apostaban por repantingarse junto a la orilla, generalmente en pareja.

Siempre me ha gustado la idea de que la pasión genera éxito. Ahora me doy cuenta, para mi disgusto, de que decirle a alguien que no siente el fuego que simplemente siga su pasión es un poco como decirle a alguien que no tiene piernas que corra al refrigerador y te consiga un sándwich.

Tommy Caldwell, escalador.

Llegó el momento. Me quité las botas de fútbol con las que había salido a correr. Liberé mis pies de sus calcetines. Caminé hacia el mar.

El agua estaba fría. Su temperatura, al menos, no alcanzaba las cotas criogénicas de la que baña las islas Cíes. Regresé a la orilla.

Dejé sobre la arena el teléfono con el podcast pausado y los auriculares. Me desprendí del forro polar, de los pantalones de chándal, de la camiseta y de la gorra.

Avancé sin miedo ni aspavientos. Sin cálculo y sin memoria.

El mar cubrió mis pies y mis tobillos, mis rodillas y mi cintura. El agua, que segundos antes me había parecido fría, se había transustanciado repentinamente en deshielo de glaciar.

El dolor abrió la boca en la rueda de prensa, pero yo le aparté el micrófono.

Me hundí hasta los hombros. Me incorporé. Aguardé unos segundos. Repetí el proceso.

Ya lo tenía. Ya estaba casi hecho. Ya solo faltaba un último puñetazo volitivo y mi propósito estaría consumado.

Tomé aire. Me sumergí por completo.

Abrí los ojos y desde abajo vi la superficie marina esmerilando un cielo solidariamente azul.

El pulsómetro indicaba que mi corazón había pasado de las cincuenta y tantas pulsaciones a las más de noventa.

Todo era como tenía que ser. El hemisferio izquierdo de mi cerebro decía que me encontraba en el hemisferio norte del planeta. Pero el derecho afirmaba que estaba en el hemisferio sur y que, por tanto, era verano. Era veintisiete de diciembre y era verano porque así lo había decidido yo.

* * *

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