Un hombre con una misión

Me he percatado de que últimamente, cuando veo a padres con hijos, pienso: «Qué suerte tengo de que mis padres no sean así».

Es posible que quien lleve tiempo leyendo estos textos haya asumido que todo me sale bien y que siempre me siento pletórico. En realidad no es así. Naturalmente, he tenido y tengo malos momentos. Lo que ocurre es que en el blog suelo compartir la parte más amable de mi vida. Mis aflicciones y preocupaciones las gestiono de la siguiente manera: o bien me las como yo solo, o bien las comparto con un reducido número de seres queridos, o bien las escribo en mi diario privado. Si no utilizo este medio para descargar es porque pienso que quejarse públicamente es algo más propio de niños, feministas y comunistas. Y yo no pertenezco a ninguno de estos tres colectivos.

«Hay cosas en la vida que, a veces, es mejor simplemente hacer como que no pasaron y seguir adelante, porque sería demasiado fuerte lidiar con ellas.» (The Rafaelini show, Rafaelini).

Le he estado dando vueltas a la eterna dicotomía: planificar las novelas o improvisarlas. Como programador, sé que planificar es vital si no quieres tener que dedicar después una horrible cantidad de horas a replantearte y rectificar lo ya producido. Pero también es cierto que, como escritor, a veces se me hace tedioso escribir un texto que ya sé lo que va a decir.

De modo que he decidido que, la próxima vez que planifique una novela, en lugar de elaborar una escaleta en la que detalle, capítulo por capítulo, lo que va a suceder, voy a hacer un guión en el que establezca unos cuantos hitos, y voy a dejar que el propio flujo narrativo me conduzca hasta ellos de la manera en que el azar disponga.

I'm a man on a mission.
I'm a man on a mission.
I don't need no permission.
I'm a man on a mission.

Oh The Larceny, Man on a mission

No contento con la demostración de incoherencia exhibida al comprometerme a ir a la boda de K y A tras haber aseverado que jamás volvería a ir a una boda —así fuese la mía—, acepto asistir también a la de M y E, dos personas que no conozco de nada, una de las cuales es el hermano de R —amiga de M2—, a la que tampoco conozco de nada, y que se celebrará en un país que no entraba en mis destinos soñados más inmediatos: Rumanía.

La boda coincide con el cumpleaños de M2, que ha sido invitada por su amiga R meses atrás.

«A la boda no hace falta que vayamos», me dice M2. «Sólo si te parece emocionante asistir a una boda rumana.»

«Supongo que lo correcto es que vayamos a la boda a la que tu amiga te invitó», le contesto a M2. Y, bueno, lo cierto es que me ha parecido un buen plan.

Por lo tanto, M2 y yo nos vamos a Rumanía. Visitaremos Bucarest y Constanza, con una pequeña excursión a Cosoba, que es donde tendrá lugar el casamiento.

¿Quieres ser mi amigo/a*?

(*) Lee mi manifiesto sobre las redes sociales.