Tú y cuántas más

La tía no para de subir selfies a Facebook. Y uno. Y otro. Y venga. Hablo de una media de dos o tres autorretratos al día. Bien peinada. Con sus cejas retocadas. Con tendencia al escote. Muy puesta ella. La típica persona que nunca subiría una foto en la que no saliera bien.

Ya ves tú, con lo que a mí me gusta subir fotos en las que sé positivamente que salgo mal. Mala iluminación, objetivo del móvil con características de ojo de pez que agranda los rasgos si te lo acercas, mala cara… Qué importa. A veces tienes mejor aspecto, a veces tienes un careto que da hasta miedo verlo. No es que me guste subir esas fotos por el hecho de que salga mal. Lo que me gusta es no tener reparos en subirlas. El ser capaz de salir menos guapo pero más auténtico. Incluso si esa fealdad que se cuela a traición en ciertas fotografías tampoco me representa fidedignamente.

El caso es que la muchacha enlaza una noticia en la que se explica que las mujeres tienen sexo no sé cuántas veces a la semana de media. Y se queja. Se queja con otra amiga que sale en bragas de que ya quisieran ellas esa media. Pero que cualquiera la alcanza, porque no hay tíos interesantes. Pobrecitas.

Comprendo que alguien tiene que despertar a esa muchacha.

Y ese alguien, como de costumbre, tengo que ser yo.

Le escribo en su muro que tal vez debería plantearse qué hace ella de interesante en su vida «aparte de subir veintisiete selfies al día» [sic].

Naturalmente me bloquea.

Tu comentario puede gustar o no gustar. Molestar más o molestar menos. Pero cuando alguien te bloquea es que has dado en el clavo. Touché.

«Ya nos advertía Cernuda que los insultos, según de quién procedan, pueden ser calificados como formas amargas del elogio.» (Juan Manuel De Prada.)

Y los bloqueos también.

A ella no la conozco de nada. Su identidad no es relevante; no es nada personal. La uso como arquetipo.

Desde que aplicaciones como Tinder e Instagram irrumpieron masivamente en la sociedad, las mujeres se creen que con tener un buen físico ya lo tienen todo hecho. Y, en cierto modo, sí, lo tienen todo hecho… cuando se trata de darse unos cuantos revolcones. Luego, claro, a ver quién las aguanta. A partir de los veinticinco, comienza el declive físico. ¿Qué harán cuando lleguen a los treinta y todos esos babosos, que les llenan el Instagram con trescientos «me gusta» diarios y otros tantos priápicos elogios, estén ocupados en recontrafifarse a la lolita de veintidós que ella ya nunca será?

Y peor todavía: como la amplia mayoría de los hombres son poco o nada selectivos cuando de sexo sin compromiso se trata, hasta las mujeres promedio o físicamente poco agraciadas se sienten ahora diosas del Olimpo tras comprobar cuántos primates —guapos y menos guapos— les bailan el agua con tal de llevárselas al catre. Así que, ¿para qué molestarse en cultivar algunas cualidades, en desarrollar algunos intereses?

No seré yo, que siempre he salido con mujeres guapas —no nos vamos a engañar—, quien reniegue de la belleza femenina. Lo que intento decir —y lo que traté explicarle en vano a la joven de los selfies— es que la belleza está bien como prólogo. Pero si luego el desarrollo no tiene ninguna enjundia, el libro lo va a leer su santa madre.

(Aquí bien podría ir un vídeo de gatos atacando a niños.)

Sentimientos encontrados con respecto a Anagrama: tanto me maravillan los libros de la colección Narrativas Hispánicas, como me desagradan sus respectivas versiones de la colección Compactos. Desde hace años, opto siempre por un volumen de segunda mano de la primera colección antes que por uno nuevo de la segunda.

Han eliminado el rooibos de la carta del Starbucks. No se vendía, dice la dependienta. Siempre lo mismo: basta que me guste algo para que lo quiten de la circulación por falta de demanda.

Yo, por mi parte, he decidido no tomar más café. Al menos, entre semana.

Y vuelvo a la escritura de mi novela.

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