Tú te vienes conmigo, Flam

El destino vacacional que, de momento, se impone en nuestra desiderata es Grecia. Si nuestros designios se cumplen, la visitaremos este verano.

Esta misma tarde reflexionaré sobre posibles combinaciones que se nos ofrecen pues, además de Atenas, sería preceptivo que arribásemos a alguna de las cerca de doscientas islas habitadas que conforman la República Helénica. Dos bobós como nosotros no podemos dejar pasar tal oportunidad y menos aún un nesomaniaco como yo.

La tarde de mañana será la última en la que tendré que trabajar hasta mediados de septiembre. Asimismo, el miércoles —si no antes— entregaré la última PEC de la asignatura Minería de Datos, por lo que por fin podré disponer de tiempo libre para corregir la novela cuya redacción di por concluida hace dos o tres meses. Naturalmente, otra obra maestra.

Ayer, malasañeando, entramos en la tienda de ropa de segunda mano Flamingos Vintage Kilo. Les estoy echando un ojo a unas camisas cuando alzo la mirada y veo el flamenco de plástico absurdamente aparatoso, con un cartel que anuncia su precio de venta colgando de una pata.

Tú te vienes conmigo, Flam, le comunico telepáticamente antes de tomarlo con delicadeza y llevarlo hacia el mostrador.

Nunca te lo he dicho, pero las zapatillas de deporte blancas cambiaron mi vida. Cuando percibas que todo se desmorona y sientas el acre aliento del Kali-Yuga sobre tu nuca, dales una oportunidad.

Pruebo la mítica tarta de limón de José Luis. Su cuerpo recuerda a La Mejor Tarta de Chocolate del Mundo y su alma al lemon curd: un escándalo para el paladar.

Una de las mejores amigas que un hombre puede tener es la Navy SEAL Burpee. Hay que invitarla a casa como quien le abre la puerta a una tía abuela millonaria: soportarla unos pocos minutos puede reportar numerosos años de prosperidad.

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Quiero ser tu amigo*.

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