Tomar el café en vaso es una horterada o cómo amar a tu vecino facha

Escribo lo siguiente en Facebook:

Hay gente que toma el café con leche en vaso. Voy a comenzar mi propósito de mejorar mi empatía con esas personas.

Obviamente, hablaba en tono jocoso. Sólo pretendía mostrar mi desconcierto ante el hecho de que algunos individuos encuentren mayor satisfacción al beber el café en vaso que al hacerlo en taza.

Bajo mi punto de vista, las ventajas de la taza eran evidentes:

Por contra, el vaso no ofrecía ventaja alguna.

Lo que sucedió tras publicar mi comentario fue interesante: algunos de mis contactos reaccionaron mostrando su preferencia por el vaso. Pero no sólo eso: animados por mi tono inquisitivo, aportaron diversos motivos que la justificaban:

El sinsentido que para mí constituía tomar el café en vaso, se diluía. Ahora era capaz de entender qué razones motivaban esta decisión.

Yo era ciego y ahora veo.

Juan 9:25

Pero lo importante no es si dichos motivos son o no sólidos, ni si me parecen o no válidos. Lo verdaderamente relevante es que para estas personas existen argumentos aparentemente sensatos que avalan su preferencia. No defienden la superioridad del vaso porque éste sea más feo que la taza, ni porque se quemen los dedos al cogerlo; lo hacen por razones esencialmente positivas.

Esta forma de razonar es la que deberían aplicar todos aquellos votantes de izquierdas que piensan mal de quienes votan a la derecha; y viceversa.

Porque la mayoría de los votantes de derechas no votan a la derecha porque odien a los homosexuales y a los inmigrantes, ni porque quieran que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. Su decisión se fundamenta en otros argumentos que ellos —con acierto o no— encuentran válidos: que los ciudadanos del propio país no se vean perjudicados en beneficio de los que vienen de fuera, que no se penalice con impuestos elevados a las empresas que generan puestos de trabajo… O, sencillamente, votan a la derecha por la aversión que sienten hacia las ideas de la izquierda.

Del mismo modo, la mayoría de los votantes de izquierdas no eligen su papeleta porque estén satisfechos con los cien millones de muertos que el comunismo carga a sus espaldas, ni porque quieran que su país acabe arruinado y bajo el yugo de un régimen totalitario. Lo hacen porque piensan —con razón o sin ella— que con un gobierno de izquierdas se protegerá a los más necesitados para que no pasen tantas penurias, que no se discriminará a nadie por su orientación sexual… O, sencillamente, votan a la izquierda por la aversión que sienten hacia a las ideas de la derecha.

Es decir, que cuando una persona vota a un determinado partido, no lo hace por las razones malvadas que los demás ven, sino por las razones bondadosas que ellos encuentran. Por tanto, es absurdo creer que alguien vota a un partido porque es un canalla que desea el mal de la población. Puede estar equivocado pero, en la mayoría de los casos, sus intenciones son buenas.

En resumen: está muy bien que discrepemos de las ideologías que juzgamos perniciosas pero, en lugar de odiar a los que las defienden, deberíamos recordar el ejemplo de los vasos y las tazas de café. Y entender que, en la mayoría de los casos, uno defiende una idea por lo bueno que ve en ella, no por lo malo que vemos los demás. Es agotador que, década tras década, unos y otros sigamos odiándonos por no ser capaces de considerar la posibilidad de que existan buenas intenciones latiendo en nuestros respectivos posicionamientos políticos. Votantes de izquierda y de derecha, fachas y progres, deberíamos aceptarnos fraternalmente como las personas no tan distintas que en realidad somos.

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