Todos los miedos el miedo

¿Te he contado ya que ahora me dedico a la plantación de marihuana?

«El miedo se aprende.» (Andrés Calamaro.)

La Martingala es una estrategia que consiste en apostar la cantidad de dinero que llevas perdida hasta ese momento. Si apuestas una ficha a par y sale impar, en la siguiente ronda apuestas dos fichas —la de esa ronda, y la de la anterior—. Si pierdes de nuevo, en la siguiente ronda apuestas cuatro fichas —las tres que llevas perdidas, más la de la ronda actual—. Y así sucesivamente.

Desde un punto de vista teórico, dicha estrategia impide que pierdas, pues tarde o temprano saldrá par y recuperarás todo lo que has invertido. Pero en la práctica es una estrategia perdedora porque, más allá de que en la ruleta también figura el cero y de que los casinos establecen límites, el montante de la apuesta crece de forma exponencial, de manera que muy pronto te ves obligado a apostar cantidades desorbitadas de dinero de las que no dispones.

No sé por qué meandros serpentea la conversación para que D acabe mencionando que nunca ha probado el té matcha.

Varios días más tarde le escribo con una invitación: quiero llevarlo a un local específico de matcha que hay en Huertas.

Pero en Tokio aprendí que siempre hay que consultar los horarios de apertura de los locales cuya visita precisa cierto desplazamiento. Y al hacerlo descubro que el local ya cerró; ya no existe.

Lo emplazo entonces al Starbucks, que ni es lo mismo, ni es igual. Pero si de probar el matcha se trata, bien estará.

La dependienta se llama Valentina. Tanto D como yo pensamos que es argentina —aún recuerdo aquellos dibujos animados de los albores de Internet; Alejo y Valentina, se llamaban—, pero nos confiesa que es venezolana.

D y yo nos reímos mucho siempre que quedamos.

El humor me ha acompañado desde que tengo uso de razón. Forma parte indivisible de mi identidad. En los malos momentos he recurrido a él como quien sostiene en su mano un blíster con cápsulas de fluoxetina que va introduciendo con dedos implacables en boca propia y ajena.

En ocasiones, sin embargo, uno no puede ser tan feliz como es en Facebook. El blíster se termina y uno ha de regresar a por más al cajón de la mesilla de noche. Y en ese ínterin, en ese tránsito por las sombras del pasillo, lo que en última instancia te salva es la conciencia. El saber que hiciste las cosas bien. La conciencia tranquila te conduce a la ataraxia y la ataraxia te lleva a la felicidad.

Bordeamos un Madrid en ruinas para evitar la grey excesiva que atraganta las calles del centro. Llegamos a Lavapiés. Mientras esperamos a que dé comienzo el concierto del amigo de D, entramos en el Okapis Bar. D le pide al camarero que pinche en mi honor la canción «Egoístas» del último disco de Calamaro.

Doy por inaugurada la temporada del zumo de pomelo.

Mucha gente pierde la confianza en el género humano en cuanto sufre un par de reveses. El pasado les pesa como si cada vez fuese mayor la cantidad que deben poner sobre el tapete para seguir jugando y su miedo se incrementa en la misma proporción.

Pero la vida bien planteada es una Martingala en la que nunca te terminas de arruinar.

Se trata de jugárselo todo como si siempre fuera la primera vez. A lo largo de los años me fallaron algunas personas. Personas que eran importantes para mí. Sin embargo, nunca perdí la confianza en las que vinieron después. Me levanté y seguí adelante como si no hubiera pasado nada.

«No hay ninguna diferencia entre lo que siente un héroe y lo que siente un cobarde. Es lo que hace cada uno lo que los hace diferentes.» (Cus D'Amato.)

Hay quienes pueden ver mi postura como un acto de inconsciencia propio de quien no ha aprendido la lección. Pero, ¿cuál es la lección que he de aprender? ¿Que todas las personas son iguales y que actuarán de la misma manera? No lo creo. Es el miedo el que te lleva a pensar así.

Lo expresé de manera más lírica en el poema «El contumaz», escrito hace un par de años e incluido en mi libro Violencia zen, recientemente publicado. Nunca he dejado de estar dispuesto a pagar el precio que implica equivocarse. Y estoy muy contento de ser así.

«Lo que me dio miedo es que no me dio miedo.» (Charly García, a propósito de su salto a la piscina desde la novena planta de un hotel.)

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