Todo el mundo me quiere

El escritor Víctor Amela —ese neohippie que podría ser el primo catalán de Jürgen Klopp— cuenta que en un programa de televisión lució unos llamativos calcetines de rayas que dieron tanto que hablar que acabaron, a la postre, constituyendo parte de su seña de identidad.

El Genio no cree en los calcetines de rayas porque, aparte de ser feos, son infantiles. Si quieres ser miembro de esa cabalgata de adolescentes de cincuenta años con alma de bufón, adelante; cálzate unos calcetines de rayas horizontales, y a jugar.

Sin embargo, ¡ah, los rombos…! Ésa es otra historia. Los rombos exhiben una contención geométrica, una elegancia de resonancias escocesas.

O calcetines lisos, o de patrones romboidales. No hay otra alternativa.

Dada mi acostumbrada mesura, los calcetines de rombos pueden interpretarse como un exceso. Lo son. Ésa es, precisamente, la recompensa del moderado: cualquier exceso, por nimio que sea, colma su añoranza de transgresión. Como los niños de África que no tienen nada y alcanzan el gozo con una simple pelota construida con papeles de periódico y cinta adhesiva, así disfruta el genio de su recatada osadía. Otros, en cambio, hicieron de los porros costumbre y terminaron buscando balones de fútbol en los posos de una jeringuilla.

Elogio de la mesura frente a niños de papá que lo tienen todo y se han vuelto incapaces de destilar un mililitro de emoción en el valle de la vida cotidiana.

Mi amigo K explica esta idea a la perfección. Dice que hay que vivir como jugaba el delantero Bebeto en el Deportivo de la Coruña a ojos de su entrenador:

—Hay que vivir como decia Arsenio Iglesias que jugaba Bebeto —señala K—: «Controlo y paso».

Y en símil igual de afortunado, mi amigo M:

—Yo lo que quiero es dormir calentito.

«Gasté un montón de dinero en coches, mujeres y alcohol. El resto simplemente lo malgasté». George Best.

La mesa de centro es una aberración. Es muy wannabe. Se queda a medio camino entre el infierno y el cielo. No es suficientemente práctica para la importancia que se le supone. Hay que pensar en una mesa más alta. Una que haga las veces de mesa de centro —mando a distancia, libros, café—, pero que también sirva para comer con la comodidad que uno se merece; nada de doblar el espinazo hasta la casi genuflexión a la que obliga una mesa de centro convencional, con sus cuarenta y cinco ridículos centímetros de altura.

Duermo dos horas y media de siesta. Sueño que Paco Umbral ha escrito El Quijote, lleva un revólver y está a punto de usarlo conmigo. Ahí lo llevas, Freud.

Todo el mundo me quiere.

Llevo cerca de dos meses sin escribir un solo smiley. Supéralo.

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