Tengo un estilo inconfundible

Tengo un estilo inconfundible. Y sé que me lo acabarás plagiando. Pero aunque lo hagas, nunca podrás apropiarte de esta satisfacción que produce ser el original y no la copia. Be real.

La otra noche, I me comenta que a veces sueña lo mismo que su hermana. No se trata, afirma, de pequeñas coincidencias. Se trata de que llevan, no sé, diez o quince años viviendo en España y una noche sueña que está en su país natal, en casa de su amigo X. Y la casa no es la casa real, es una casa sin muebles, y X va vestido con un pantalón tal y una camisa cual. Entonces, I le dice a su hermana:

—Anoche soñé con X.

Y su hermana le contesta:

—Yo también.

Para ver hasta qué punto llega el grado de coincidencia, I deja que su hermana se explaye con los detalles del sueño. Y comprueba que coinciden de forma sorprendente con los del suyo.

Hace años que no ven a X. En ningún momento hablaron de él. Y la casa sin muebles no existe.

I no encuentra explicación para estas coincidencias oníricas que, para mayor desconcierto mío, se producen con relativa frecuencia. I no le ha dado demasiada importancia. Es como si lo hubiera tomado como algo casi natural y sólo al verbalizarlo empezase a apreciar lo excepcional de la experiencia.

A R le gusta mucho mi poesía, dice, y me propone reeditar Nuevo documento de texto. Es la segunda vez que me lo proponen. Distintas personas, distintas editoriales. La primera reedición, al final, nunca salió. ¿Llegará a ver la luz esta segunda? El tiempo despejará la duda.

R hace también algún comentario sobre mi dilatado ego. No creo que mi ego sea más grande de lo que me corresponde.

Esto me remite a la anécdota que L me recordó la otra noche: Hace unos días, D puso una lista en Facebook con sus poetas preferidos, y yo le comenté que la lista estaba mal porque mi nombre sólo aparecía una vez. No creo, insisto, que mi ego sea más grande de lo que me corresponde.

Alguna vez comenté que no puedo competir contra la mediocridad. No es verdad. Cada cierto tiempo me gusta quitarme la razón y tuiteo cosas mediocres adrede —«Me gustas; del verbo encantar.»— para demostrarme a mí mismo que incluso jugando la liga de los retrasados en la que jugáis algunos, incluso en vuestro propio territorio, os puedo vencer. Así soy yo. Bienvenidos a mí.

Epatar a adolescentes con poesía de carpeta de instituto tiene tanto mérito como hacerle un truco de magia a un niño de cuatro años. Es así de triste y así de cierto. Sabes que llevo razón. Lo sabes. Se puede decir más alto pero no más genio.

Tiene gracia porque a menudo escucho que es bueno que la gente lea a poetas mediocres porque eso la conducirá a acceder a otros autores de mayor calidad. Y decir esto es tanto como decir que el ama de casa enganchada a la telebasura va un día a abrir mucho los ojos y a proclamar, como quien acaba de ver la luz: «Ahora que he descubierto este invento llamado "televisor", voy a dejar de ver programas del corazón y voy a empaparme de documentales sobre aeronáutica».

Jamás.

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