Temores particulares

Es evidente que todo es susceptible de convertirse en materia psicoanalítica, pero hay algunas revelaciones que te radiografían mejor que otras.

Es el caso de los temores particulares, esos miedos personales, peculiares y, en gran medida, injustificados, con que cada cual queda en evidencia como el loco que, bajo alguna óptica, sin duda es.

«Para mí, todo lo que no sea escribir es perder el tiempo». Alberto Domínguez.

He soñado que me perseguía una mariquita volando porque me quería picar. Ahí lo llevas, Freud.

V me dice:

—No tengo libros electrónicos porque me da miedo que un día se produzca algún tipo de de apagón digital y pierda toda mi biblioteca.

Mi último temor particular —no es nuevo— es que me dejen de gustar las novelas. Sé que no es infrecuente que con la madurez te deje de interesar la ficción, por encontrarla infantil o innecesaria.

Tengo miedo de que progresivamente me vayan dejando de seducir las novelas y acabe leyendo biografías, egografías, libros prácticos, ensayo. Anoche, antes de irme a la cama, acudí a mis estanterías en busca de un libro y me preocupó la desgana que me provocaba la idea de enfrentarme a determinadas lecturas.

—¿Ahora esta novela? Puf, qué pereza. ¿Ésta otra? No, no me motiva. ¿Ésta? Por favor, por quién me tomas.

Jamás salgas con una persona que te dice que eres como no sé quién de no sé qué serie. De nada. Gracias.

D me propone una entrevista para publicar una parte en el periódico P y otra parte en el blog B.

—Pero, ¿no saldrán espantados con mis opiniones? —le pregunto.

—Por eso he pensado hacerla en dos partes.

La entrevista es un género literario masivamente desaprovechado. Merecería la pena ser futbolista sólo por las ruedas de prensa. Me cuesta entender que los jugadores dilapiden todos esos altavoces reiterando las mismas trivialidades una y otra vez. Meter goles no es incompatible con tener ideas propias. O no debería serlo.

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