Te voy a confesar un secreto

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Bibliografía.

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—Disculpe, ¿es usted Rafael Sarmentero?

Me lo pregunta una joven de exquisito porte que luce un elegante vestido rojo.

Nos encontramos en la cafetería que ahora frecuento. Ella está sentada frente a un chaval que parece oficiar de pareja, y yo he pasado una hora y pico escribiendo este texto —no estos párrafos, sino los que vienen más adelante; ya sabes que Dios escribe recto con renglones torcidos, y yo escribo ordenado con párrafos desordenados—, y estoy recogiendo las fichas de biblioteca que he garabateado con mi andrajosa caligrafía.

—Sí, ¿por qué?

Cuando espero que me dirija una enfebrecida diatriba por mi crítica al feminismo —si no te han insultado por la calle, sé de lo que hablo, no puedes ser escritor—, me sorprende con un:

—Me encanta lo que escribe. De hecho, tengo un libro suyo.

—Ah, ¿sí? ¿Cuál?

—Dadá demodé.

—Le tengo cariño a ese libro —le confieso—. Me gusta cómo quedó estéticamente. El formato…

—Sí, está muy bien, con las ilustraciones…

Me suelto un poco y le revelo que quien hizo aquellas ilustraciones era entones mi novia y ahora ha devenido en mi mejor amiga.

—Uno de esos extraños milagros que a veces suceden —le digo.

—Sí, la verdad es que no es lo normal.

—No tuvimos un hijo pero tuvimos un libro.

Cruzamos unas cuantas frases más y me despido de ellos.

Tanto ella como él traslucen un savoir faire que nada tiene que ver con el talante pordiosero —y no hablo del exterior, aunque a menudo acompañe— que exhiben los asiduos a los antros pseudopoéticos por los que en ocasiones me muevo.

Los escritores suelen prestar mucha atención a la cantidad de lectores que tienen, pero muy poca —a decir verdad: ninguna— a su calidad. Yo, por mi parte, agradezco sobremanera la calidad humana que la mayoría de los lectores de mi obra que he tenido el placer de conocer me ha transmitido.

El otro día le comentaba a una amiga que me gusta la gente que cae mal a primera vista porque su aspereza me confirma que carecen de hipocresía.

Como no encontraba las bolsas de plástico para pesar la fruta en el supermercado, he metido los tomates en un guante y la cajera se ha partido de risa al cobrarme. Así las cosas por Chamberí.

Hare, Krishna; Hare, Krishna. / Krishna, Krishna; Hare, Hare.

—Mira —le digo—. Te pongo un ejemplo: El otro día, X, un chaval que conocí hace un par de años, contó en Facebook que no le dejaron entrar en el Florida Retiro porque, según el portero, su ropa no era la adecuada. Y, sin embargo, el chaval que había entrado justo antes que él, vestía un atuendo de características similares. ¿La diferencia? Ese chaval era blanco y X es negro. O medio negro. O medio blanco. Qué importa. El caso es que X se quedó sin poder acceder al garito y yo sentí un asco bastante notable hacia aquella discriminación tan arbitraria. De manera que le escribí a X y le dije: «Lo siento. Creo que están en su derecho de no dejar pasar a quien no quieran, pero la gente también está en su derecho de no acudir a locales racistas, por lo que te recomiendo máxima difusión para que los clientes sepamos qué tipo de conductas no queremos apoyar». Y le pedí que habilitara la opción de compartir su texto. Lo compartí, y animé a todo el mundo a que hiciera lo mismo y a que nunca pusiera un pie en el local. Lo compartieron más de setenta personas. Hasta el personal de Florida Retiro entró a comentar el texto alegando que bla, bla, bla. Otro día, en cambio, hace unos cuantos años —continúo diciéndole—, vine a escribir lo mismo que puse en mi comentario: que el dueño de un local tenía derecho (ética, no legalmente) a no dejar pasar a los negros, dado que el local era suyo. Pero en aquella ocasión fui tachado de racista por dicho comentario y, consecuentemente, desamigado, cuando no bloqueado. ¿Qué diferencia ambos comentarios? El contexto. La explicación. ¿Soy un asqueroso racista, entonces, o un virtuoso anti racismo? ¿Soy polémico? No. Lo que ocurre es que no me molesto en dar explicaciones. Cuando escribo algunas frases sé que mucha gente no las va a entender y me va a tratar de tal o cual modo. Y sé también que podría evitarlo fácilmente ampliando un poco el texto. Es sólo que no me da la gana. ¿No me entienden? Que les den. No escribo para ellos.

No me gusta cuando me saludan con un «¿Qué hay?» porque la pregunta me provoca un bloqueo metafísico.

Te voy a confesar un secreto que te dejará a cuadros: nunca he jugado al Scrabble.

Hare, Rama; Hare, Rama. / Rama, Rama; Hare, Hare.

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