Tarragona era su ciudad y siempre lo sería

Nunca más me llevaré de viaje una cámara réflex.

Cuarta vez que piso Barcelona. En las ocasiones previas, la ciudad se me antojó inhóspita, desabrida. Si tuviera que destacar un sentimiento, éste sería el de desolación. Recorría sus calles y en todas ellas se me aparecía Fonollosa.

Pero alguien hallará siempre la llave.
Penetrará en la cárcel que me encierre
y buscará entre sombras mis palabras.
Y reconocerá que hablo de él mismo,
de su fracaso, el mío, del de todos.

Carrer d'Aragó 1, Ciudad del hombre: Barcelona, José María Fonollosa

Pero ésta vez es diferente. Esta vez Barcelona me resulta casi alegre. No obstante, sigue flotando en su aire algo extraño: es como si la ciudad no fuese real pero pretendiese aparentar que lo es. Por alguna razón que no consigo descifrar, me siento como si estuviera dentro de El show de Truman.

En la pastelería vegana La Besnéta nos hacemos con una tarta de zanahoria y un tiramisú. El tiramisú lo empujo con una horchata de medio litro que compro en la heladería de al lado.

La Barceloneta está llena de macarras latinoamericanos. El sol se ha escondido precozmente tras los edificios y no identificamos ninguna señal venturosa que nos invite a sumergirnos.

Camino de Casteldefels, María entra en pánico al observar que el aforo del autobús se ve holgadamente sobrepasado por hordas de turistas que entran y entran y continúan entrando en cada parada, y se amontonan de pie a lo largo y ancho del vehículo. No quiere morir de coronavirus. Ni contagiar a su madre. Quiere que nos bajemos.

María se levanta y me interpela. Yo no quiero ponerme a gritar —hay personas o algo parecido entre ella y yo—, y mi lenguaje no verbal está demasiado limitado por la mascarilla y por las gafas de sol como para hacerme entender.

Junto a mí se halla una china muy peripuesta que tiene una foto suya de fondo de pantalla en el móvil. Junto a María, un energúmeno que lleva la mascarilla por debajo de la nariz y le planta el sobaco delante de la cara.

María insiste en la conveniencia de apearnos. En la siguiente parada se le hace caso.

Nos hemos bajado en medio de la nada. Estamos en Gavà. Baño y caminata por el paseo marítimo hasta Casteldefels. Una hora. Sol inclemente.

En el chiringuito, fracaso de comida. Disputa solidaria entre María y yo: ambos queremos pedir la paella del otro para que el otro no se fastidie. Finalmente, arroz vegetariano. Y seis platos más. Bebidas. Considerable cantidad de euros. La nota positiva: María se salva de ser golpeada por una sombrilla que el viento vuelca.

Tumbonas gratis. Lectura de un cuento de César Aira. Brisa. Pechos, culos, tatuajes. Gente horrible.

Llamo malos escritores, a priori y sin otorgarles el beneficio de la duda, a quienes inventan historias supuestamente objetivas pensando en el interés y el gusto de los lectores. Yo nunca lo he hecho y jamás lo haré.

Esos autores rinden culto a la moda, al vulgo, al dinero, al poder, a la vanidad o a los valores dominantes, y son asalariados a sueldo de cualquier postor o impostor.

[…]

Llamo buen escritor, a priori y concediéndole el beneficio de la presunción de excelencia, al que sólo intenta escribir los libros que le gusta leer.

Galgo corredor: Los años guerreros (de 1953 a 1964), Fernando Sánchez Dragó

En La Casa del Libro de la Rambla, animado por María, decido que cuando acabe la novela en curso me pondré a escribir un bestseller.

En Tarragona, caminamos en dirección al mar por la estrecha vereda que discurre paralela al anfiteatro romano.

Estuve aquí con V hace dos años; nos recuperábamos de sendas decepciones, y en aquel fin de semana nos conjuramos para volver con nuestras futuras parejas. Cumplo mi parte del trato y V me dice que en breve cumplirá la suya.

Algunas playas que hemos visitado: la Playa Larga —magnífica—, la de Waikiki —correcta— y la del Castillo de Tamarit —espléndida—.

Hemos comido un sushi delicioso en el mercado. He probado el mochi de yuzu, que se ha convertido en mi preferido. Hemos cenado en Les Granotes, con el anfiteatro enfrente, el mar al fondo, y la luna llena, amarilla e imponente, sobre el firmamento.

También he querido regresar con María a la playa secreta donde dos años atrás experimenté aquella suerte de epifanía; aquel instante de serenidad que tanto bien me hizo.

Sin embargo, el panorama que ahora encuentro dista mucho del que persistía en mi memoria: dos años atrás se apostaba en la arena una docena de adolescentes divididos en tres o cuatro grupos. Ahora, en cambio, cuento más de cuarenta personas; y tres perros. Destaca entre ellos un corro, no sé muy bien si de gitanos o de jipis, que han venido en plan mudanza con sus sillas y sus neveras y, enfrente, un individuo de aspecto patibulario que le grita improperios a su teléfono.

Me había imaginado llegando a esta playa con María. Había querido traerla desde que la conocí —desde que la reconocí—; hacerla partícipe de este recoleto paraíso. Mas la realidad, descangallada e implacable, destruye toda posibilidad de romanticismo. Nos bañamos, sí; pero también ya sin esa luz mirífica que, oblicua, encendía en las olas fulgores esmeraldas.

Pero no voy a caer en el desánimo: Los caminos del Señor son inescrutables, afirma San Pablo, y lo importante no es si la playa nos ofrece o no su mejor versión. Lo importante es que he atravesado mi particular desierto, y he regresado a esta playa con la mujer que amo.

Tarragona era su ciudad y siempre lo sería.

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