Taoísta, pero no tanto

Mi amiga P me había animado a pasarme por el slam poetry y aunque mi fe en la poesía es cada vez más exigua, decidí concederle al evento el siempre generoso beneficio de la duda.

El miércoles, pues, acudí al slam. Llegué tarde adrede —no conviene excederse—, pero a pesar de mi medida el acto todavía no había comenzado.

No sé si estuve en el slam o si me equivoqué de puerta y acabé en una convención de fofisanos.

A mi derecha hay un vejete zampando su desayuno con una fruición de explorador amazónico perdido. Dan ganas de acercarse, ponerle la mano sobre el hombro y espetarle: «¡Tranquilízate, muchacho!» en ese tono paternal propio de los inspectores de policía de cine negro de los años cuarenta.

Del slam, hablaba.

Los slammers. Parecían informáticos. Gente socialmente inadaptada queriendo jugar a cómicos.

El público reía y aplaudía, claro, y sacaba cartulinas con puntuaciones elevadas. Es lo que cabe esperar, después de todo. La ley de Sturgeon dice que el noventa por ciento de la ciencia-ficción es basura porque el noventa por ciento de todo es basura. Y eso, por supuesto, incluye al público. Eso explica que en el arte triunfen cosas tan deplorables.

«Los mejores culos de Brasil». Título de artículo en El Mundo.

La belleza física está bien, es atractiva. Lo que no soporto es ver a tíos perder la dignidad por una joven promesa. Elevan a pedestales a cefalópodos más o menos agraciados en la lotería de la genética. Como si la belleza trajese bajo el brazo una serie de cualidades asociadas.

La falacia de justicia es la trampa en la que caen algunos cuando se enfadan porque esperan que la vida les entregue un retorno que nunca llega. Que la vida no lleva un lápiz sujeto con la oreja lo aprendes con los primeros reveses. También hay gente cuya obstinación por encajar la realidad en su boceto teórico del mundo le impide despertar.

La realidad hace lo que le da la gana y en su derecho está. En lo que a ti respecta sólo debes preocuparte por hacer lo que está en tu mano. Que nunca es demasiado pero siempre es suficiente. Tienes que tener la certeza de que las cosas no han salido mal por ti sino a pesar de ti. Hay que mantener alejado al fantasma de la culpa. Tener la conciencia tranquila es sinónimo de serenidad. Y sin serenidad es imposible alcanzar la felicidad.

«Lo positivo fue que mi mente siempre tuvo el espíritu de lucha hasta el último punto.»

Y también:

«Ya no pierdo yo. Mis oponentes me ganan.»

Rafa Nadal.

Anoche me encontré con mi amigo N. Él también lo ha dejado con su novia. Fue una grata conversación en la que comprobamos que existían ciertos paralelismos en nuestro modo de ver las relaciones de pareja.

Las coincidencias resultan gratas porque te permiten entrever que tal vez no te estés volviendo loco, que no eres, como decía aquél, «un hombre con un tenedor en una tierra de sopas».

Todo cuanto sé sobre el amor, el sexo, las mujeres y los hombres está en mi última novela: Fucsia Fantasía. Pero a grandes rasgos diré que mi amigo y yo llegamos a la conclusión de que somos taoístas, pero no tanto. Que qué felices cuando éramos hippies, pero que no lo somos. Que, en fin, somos monógamos «como las palomas o los cristianos» (Woody Allen dixit), quien mucho abarca, poco aprieta y el poliamor es un invento de quienes tienen miedo de quedarse sin nada.

«No conozco ningún ejemplo de pareja con hijos que practique el poliamor y sea feliz», dijo mi amigo N. Y si existe, añado yo, me alegro por ellos. Pero no es mi camino. No es para mí.

¿Un mundo de libertad sexual en el que cada miembro de la pareja se aparee con quien quiera? Suena bien. ¿Desapego? Sí, gracias. Y ya puestos: ¿Bisexualidad? ¡Claro! ¡Mayor oferta!

Pero el principio zen por antonomasia, antes aún que el de ejercer el desapego, es el nosce te ipsum. Conócete a ti mismo. Y si no me gustan los tíos, no me gustan los tíos. Y si no me gusta la idea de que mi novia se revuelque con otro, no me gusta. Y si siento que el compromiso es una forma más sana de apego que el apego al desapego, pues lo practico. Lo inteligente es saber cómo eres, aceptarlo y obrar en consecuencia.

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