Sucio y solo en Seúl (4): Treinta y siete vistas del monte Fuji

Si hay algo que he venido a hacer a Japón, ese algo es ver el Fuji. Tal es la importancia de contemplar la montaña que su avistamiento determinará el éxito o fracaso de esta expedición.

Por eso, aunque en unos días me alojaré en la región de los Cinco Lagos y tendré ocasión de ver el monte de cerca, no me lo quiero jugar todo a una carta, ya que nada garantiza que ese día el cielo esté despejado y la neblina no impida que cumpla mi sueño.

Nada más levantarme hago el trayecto Tawaramachi-Kausuga y entro en el Bunkyo Civic Center. He leído que si el día es suficientemente claro —y lo es—, puede divisarse el Fuji desde la planta vigésimo quinta del edificio.

Subir al observatorio es gratis. El ascensor se desplaza con el ímpetu de un transbordador espacial.

Apenas aterrizo me aproximo a la amplia cristalera y escruto entre el maremágnum de edificios en busca de una sombra familiar en el horizonte. Y la encuentro. Allí. Está. Es él.

Una nube deshilachada cruza con timidez su silueta. Miro y miro y miro el Fuji, como si pretendiera compensar estos años de no-Fuji y los años que han de venir. Lo miro y lo sigo mirando hasta que desaparece la nube. Treinta y siete vistas del monte Fuji.

«Si me tuviese que marchar ahora mismo de Japón —reflexiono—, me iría con la misión cumplida.»

Cuando este flan oscuro se ha serigrafiado en mis pupilas —sólo entonces—, prosigo con la observación del resto del paisaje tokiota.

Para celebrar el acontecimiento, nada más salir del Bunkyo Civic Center, me regalo un botellín de Oronamin C, la bebida de los genios. A continuación camino hasta el Nippon Budokan, donde además de celebrarse infinidad de eventos de artes marciales, los Beatles tocaron en mil novecientos sesenta y seis.

Cojo un tren hasta Yoyogi, y allí tengo mi primer encuentro con un Curry House CoCo, Coco Curry para los amigos, una cadena de restaurantes en los que sirven arroz con curry en un amplio surtido de variedades. Yo elijo la que incluye natto.

Recorro el parque de Yoyogi. Los árboles propician un camino en la sombra. El viento agita sus copas y algunas ramas caen a mi paso.

Llego —esta vez sí— a Shibuya caminando desde Harajuku a través de Meiji-dori. Entro de nuevo en Tokyu Hands y compro dos libretas que fiché ayer.

Hace unos meses descubrí la existencia del JBS, un bar muy original ubicado en Shibuya: un cubículo para doce personas a lo sumo, con las paredes forradas de madera y cubiertas por estanterías repletas de discos de vinilo; una barra, cuatro o cinco taburetes, tres mesitas, dos enormes altavoces.

Cuando abro la puerta del local son las cuatro de la tarde. El camarero no lleva camiseta y me espeta en castellano nada más verme:

—¡Nadie!

Tras preguntarle a qué hora puedo volver y responderme abruptamente que a las siete, entro en un centro comercial próximo, me tomo un café en una mesa comunal, y me marcho a Roppongi con la intención de subir al mirador de la Torre Mori. Sin embargo, cuando me bajo del metro descubro que hay muchos rascacielos en cuya cúspide se muestra un luminoso con la palabra «Mori».

Camino infructuosamente durante una hora en busca de la mencionada torre; tomo el metro de nuevo y regreso al JBS Bar. En esta ocasión sí hay gente. Una americana rubia un tanto borracha está sentada en el taburete de mi derecha. Me mira y me propone un brindis que correspondo sin ganas. Un par de americanos la acompañan. El resto de clientes son tres o cuatro individuos que departen sentados a las mesas.

La música capta mi atención. Reconozco la melodía: es A day in the life, de los Beatles. Pero está jazzeada. La carátula del vinilo reposa en un atril sobre la barra, iluminada por un tubo fosforescente. Se trata de Green is beautiful, de Grant Green. Y ya sé que la recordaré siempre como la banda sonora de este viaje.

De regreso en el hotel, descubro que se ha estropeado mi Kindle. La mitad de la pantalla en diagonal se ha convertido en un amasijo de grises; debe de haber sido la lluvia de ayer, que se ha acumulado en la mochila, porque anoche el dispositivo se encontraba en perfecto estado.

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