Sucio y solo en Seúl (2): Las izakayas de Asakusa

Tsk. Dejé de usar emoticonos hace dos años porque me parecían infantiles. Infantiles e impropios de un escritor. Prescindir de ellos me ha conducido de manera natural al empleo de lo que he bautizado como emotopeyas. Jajaja. Clap.

El vuelo transcurre con apacible monotonía, sin ninguna turbulencia. Escucho varios programas de Cowboys de medianoche y veo dos películas: Séptimo piso, aceptable, pero cuyo desenlace ya conocía y, de no conocerlo, probablemente lo habría intuido, y El bar, terrible penúltimo despropósito del cine español.

A mi derecha se ha sentado una asiática muy peripuesta que se pasa más de medio trayecto jugando en su tableta al Candy Crush y el resto dormitando. Ni una sola vez se levanta de su asiento. Debe de tener una sonda o una vejiga con una capacidad infinita. ¿Pretenderá suicidarse por trombosis? El que no sufre el síndrome de la clase turística es porque no quiere.

Hablando de clase turista: hay un tío que cuelga en su canal de YouTube vídeos de sus vuelos en compañías con las primeras clases más lujosas del mundo. Algunos en los compartimentos en los que viaja tienen hasta ducha propia. Eso sí: quizás no sea recomendable ver estos vídeos si falta menos de un mes para que te incrustes entre tu asiento y el respaldo del asiento delantero.

A propósito de asiento delantero: los vejetes de detrás se agarran al cabecero del mío cada vez que se incorporan o se sientan, y me hacen irrealizable el propósito de dormir.

Ya en el aeropuerto de Narita, cambio euros a yenes y localizo una oficina en la que canjeo el justificante de compra del JR Pass por el pase en sí mismo.

El Narita Express me conduce en menos de una hora a la estación de Tokio, en la que subo a otro tren del que me apeo en Ueno.

A estas alturas del viaje todavía no me he acordado —cómo habré estado de tonto— de que el GPS no precisa de un plan de datos móviles para funcionar, de modo que no me queda otra que preguntarle a una pareja con la que me cruzo. Con serias dificultades para comunicarnos, consigo que el japonés localice mi hotel en su teléfono y fotografío la pantalla con el mío.

Tras una caminata de unos veinticinco minutos, diviso la Sky Tree y luego atravieso la Kaminarimon. La Nakamise-dori conecta la citada puerta con el templo Senso-ji. A ambos lados se distribuye una inacabable sucesión de tiendas de galletas y otros dulces. La calle es intransitable porque ha empezado a llover y los paraguas se agolpan, chocan unos con otros y entorpecen el paso. Me compro un mochi de limón y tras dar buena cuenta de él abandono la marabunta.

Me dirijo hacia la izquierda y contemplo el conjunto: la Sky Tree, la fábrica de cerveza Asahi, con su corona dorada de espuma, y el río Sumida: sus aguas en movimiento reflejando el color del metal sin bruñir del cielo, la estructura roja de las barandas y farolas que lo circundan. «Estoy en Japón», me digo, tratando de tomar consciencia e impedir que la felicidad del viaje sea sólo un ejercicio postrero de rumiado.

Y por un instante creo que funciona. Que soy consciente de la posición que ocupo. Estoy en Japón. Estoy en Japón. He vuelto. Dos años y medio después. Y sin embargo no tengo la sensación de haber regresado. Es cuando comprendo que no he vuelto. Que uno no vuelve a ningún lugar, sino que llega otra vez. Porque ya nos lo dijo el profesor de física en el instituto: el número de dimensiones (de un universo) es el número de variables necesarias para fijar un punto. Y yo he vuelto al mismo (x, y, z), pero no al mismo t. Ni volveré jamás. No estoy, por lo tanto, en el mismo punto. Y, en consecuencia, no he vuelto.

Hace dos años, cuando estaba por estas tierras —ignoro el motivo, tal vez por lo aliterativo de la expresión—, una frase se repetía en mi cabeza: «Las izakayas de Asakusa». Irónicamente, dos años después, los días que voy a estar en Tokio me voy a alojar en tan icónico barrio.

Por la noche, tras registrarme en el Khaosan Tokyo Samurai, me ducho y cojo el metro para bajarme en Akabanebashi. Allí, nada más poner un pie en la calle, me encuentro con la Tokyo Tower en la distancia: majestuosa, vestida de luces de color rojo, naranja, morado. Fijado a ella, un luminoso: «1000»: los días que faltan para los Juegos Olímpicos de Tokio.

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