Sucio y solo en Seúl (1): Hombre esperando el momiji

Mi amigo J solía citar a Carl Sagan en la serie Cosmos: «Para hacer una tarta de manzana, primero tienes que crear un universo». Según el monitor, estoy sobrevolando Dinamarca.

La tarta de manzana no habría sido posible si no hubiese reunido la suficiente determinación. Nunca he viajado solo; en consecuencia, no sé cómo me va a afectar. Ignoro si me voy a sentir solo, desubicado, desolado. A esta incertidumbre hay que sumarle la que mis familiares han aportado, pues no han escatimado recursos para hacerme la aventura más difícil de acometer: Mi hermana me ha recordado que el viaje es en avión y ha hecho énfasis en la incidencia de terremotos y de tsunamis. Mis padres, por su parte, han añadido los tornados y la posibilidad de un conflicto bélico entre Estados Unidos, Corea del Norte, Corea del Sur y Japón. Y por si aún no fuesen suficientes los peligros señalados, mi exnovia me ha comunicado su preocupación por que sufra los efectos de una hipotética radiación residual cuando pasee por Hiroshima.

A cultivar la confianza comencé en verano. Me hice con el libro Es fácil superar el miedo a volar, de Allen Carr, y me lo leí mientras descansaba unos días en casa de mis padres, en Torre del Mar. El libro se basa en el principio de que volar en aviones comerciales es seguro y, por tanto, el miedo experimentado no se corresponde con la probabilidad de que ocurra una catástrofe. Esto yo ya lo sabía y me servía para sobrellevar los vuelos. Pero leerlo repetidas veces en palabras del escritor me ayudó a disipar en gran medida ese temor irracional que me acompaña especialmente en los despegues.

De modo que lo he conseguido: he efectuado todos los trámites necesarios, he hecho el equipaje, y he puesto rumbo a esas lejanas tierras que distan más de diez mil kilómetros de mi hábitat cotidiano.

Durante los primeros años de edad, nuestro cerebro crea categorías fonéticas en función de las palabras que escuchamos. Si de mayores nos cuesta tanto aprender a pronunciar otros idiomas es porque nuestro cerebro ya no amplía las categorías fonéticas cuando percibe nuevos fonemas, sino que los clasifica en alguna de las categorías de las que ya dispone. Así, esa especie de ere afrancesada de la palabra árabe «kanbrik», no es percibida por un hispanohablante como una categoría nueva, sino como una ere mal pronunciada, pero ere, al cabo. Lo que la edad hace con nuestro cerebro en materia idiomática es concederle una alta tolerancia al ruido. A partir de cierta edad, el cerebro va de listillo y en su prepotencia dice: «Este sonido ya lo conozco. Es una ere». Y ahí es donde se cae con todo el equipo. Se equivoca porque le da más importancia a las similitudes que a las diferencias. Y eso que es positivo para unos menesteres, es negativo para otros.

¿Por qué me pongo a teorizar sobre el cerebro y los idiomas? ¿Acaso este artículo no trata de mi viaje a Japón y Corea? Sí. Lo que pasa es que se me cruzan otros pensamientos. Lo normal sería que yo tomase esas reflexiones invasivas, las trasladase a otro artículo que versase sobre ellas y dejase que el texto principal se regodease en su monografía. Pero estos textos no son normales. Esto que hago yo es literatura extrema. Leer es como salir de fiesta: el noventa y nueve por ciento de las veces lo que encuentras es previsible y, a pesar de serlo, te defrauda. Pero ese uno por ciento restante es el que hace que no arrojes la toalla. El que hace que lo sigas intentando. Ese uno por ciento es lo que te ofrezco yo.

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.