START. STOP

Me despierto y veo en mi cuarto a un adolescente gordo negro sudamericano jugando a un juego de lucha libre en mi consola. Dice que entra a jugar todos los días, por la ventana, cuando me voy a trabajar. Así las cosas por mis sueños.

Sé que cuando quiero puedo ser encantador. Normalmente no quiero.

Veo una entrevista que le hace Julio Ariza, presidente de Intereconomía, a Tomás Fuertes, presidente de El Pozo. Tomás Fuertes dice que tenemos una necesidad de mil quinientas calorías y una voracidad de tres mil. El cuerpo humano es inteligente, dice Tomás, porque no sabe si va a poder comer mañana. El problema, claro, es que siempre podemos comer mañana; y, además, mañana tendremos la misma voracidad que hoy. Esa cadena interminable de eslabones de tres mil calorías ingeridas a diario explicaría por qué mire adonde mire veo gordos que llevan en la muñeca una pulsera de actividad.

Me he pasado todo el día analizando pulsómetros. Tuve un pulsómetro Suunto hace unos años, el T3d, que iba bien. También tuve un reloj GPS Garmin, el Forerunner 110, creo, que no iba mal. A mí me da igual que el pulsómetro de marras registre mi actividad diaria o no. Me parece una chorrada saber si he subido quince peldaños o veinticinco, o si mi corazón alcanzó las ciento noventa pulsaciones durante el sexo o cuando me derramé el café del desayuno. Lo importante al considerar la actividad diaria es desarrollar buenos hábitos y mantenerlos durante toda la vida. Por ejemplo, ir andando siempre que pueda en lugar de coger el metro o subir por las escaleras de vez en cuando en lugar de hacerlo siempre en ascensor. Lo que a mí me interesaba del dispositivo es que midiera las distancias y el pulso durante el ejercicio y que fuese sumergible —por si me da por volver a nadar—.

He encontrado algún pulsómetro que me convence, pero al mismo tiempo he llegado a la conclusión de que no necesito ninguno. ¿Es VERDADERAMENTE necesario conocer en todo momento el ritmo al que estoy corriendo o la distancia que he recorrido? ¿No es suficiente, acaso, con cronometrar cuánto he tardado y estimar aproximadamente las otras medidas?

No necesito conocer estos datos cuando corro. Los datos distraen. Bien pensado, no son muy distintos de la música que suena en los auriculares. ¿Cómo puede la gente correr con música? Es una horterada. Es un sacrilegio. Desvirtúa por completo la experiencia de correr: el silencio solamente invadido por el sonido sincopado de tu respiración. En ese terreno tan propicio para el numen, para las revelaciones trascendentales, para la meditación, ¿cómo puede a alguien ocurrírsele hacer sonar horrísono ruidajo de rock? La gente está loca.

Una de las muchas cosas que me atraen de Japón es que allí conviven en armonía el último grito tecnológico con el viejo trasto demodé. El teléfono de enésima generación, con el fax y las cabinas telefónicas. Se usa lo nuevo sin dejar de usarse lo antiguo.

Así que voy a salir a correr con un Casio G-Shock G-7710 que me compré hace unos ocho años. Cuando empiece a correr pulsaré el start del cronómetro, y cuando termine pulsaré el stop. Y nada más.

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