Simeone encarna como nadie la mediocridad de la gente

Estoy en la sala de espera del Gregorio Marañón. Urgencias.

Tengo el hombro izquierdo hecho polvo. El sábado, en algún momento, noté que me dolía. El domingo, el dolor era más intenso. Esta mañana, meter el brazo en la manga de la camisa era un suplicio.

He llamado a mi padre y me ha dicho que vaya al hospital. Que no vaya a trabajar, sino al hospital. Que puede ser grave.

En la sala de espera hay octogenarios y veintegenarias con mocos y mala cara. Una mujer mayor sostiene un pañuelo de papel contra su nariz. El pañuelo está manchado de sangre.

Ignoro el motivo de esta tendinitis que me han diagnosticado. Sólo se me ocurren dos posibles causas: un mal movimiento al incorporarme de la cama para coger el móvil o un exceso de flexiones. Lo cierto es que es extraño, porque llevo meses haciendo flexiones casi a diario y en ningún momento sentí dolor alguno. Pero puede que esto último se deba, como apunta la residente, a que el dolor sólo ha llegado cuando se ha enfriado la articulación.

Creo que puedo sostener el 90% de las conversaciones con «Me subestimas» y «Jamás».

Mi amiga X me tiene al tanto de todos sus devaneos afectivos y sexuales. A pesar del despliegue humano —múltiples relaciones en paralelo— no parece encontrar el punto de satisfacción deseado: V se hace de rogar; para W siempre será el segundo plato; Y se lo tomó con calma en un principio aunque ahora esté algo más implicado; Z se convirtió enseguida en poco más que una mascota.

La literatura es ego y detallitos. Y quien diga lo contrario, miente.

Imagino el infierno como un curso infinito sobre prevención de riesgos laborales.

Mucha gente critica a Guardiola porque no se clasificó ayer para la final de la Champions League. Dicen que es un perdedor porque no pasó la eliminatoria. Su equipo jugó al ataque desde el primer minuto hasta el último. Avasallaron al Atlético de Madrid. Le generaron numerosas ocasiones de gol. Fue un gusto ver semejante despliegue ofensivo. Si no se clasificaron fue porque el Atlético de Madrid tuvo suerte. Dispuso de una ocasión de gol, en su único contraataque con peligro, y la materializó. Suerte. Pero la gente critica a Guardiola. Alaba a Simeone, con su juego mediocre, de juntar las líneas, ayudas defensivas, presión y catenaccio. Elogia, en fin, la tosquedad, la renuncia al talento; incluso la trampa. Simeone encarna como nadie la mediocridad de la gente. Es mucho más difícil ganar como pretende Guardiola que como Simeone. Es más fácil y más arriesgado jugar como el primero que como el segundo. El primero persigue lo excelso y el segundo se conforma con ganar a cualquier precio. Que Dios bendiga a Guardiola. Pero la gente. Siempre.

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