Siete días, siete personas

Sólo digo que tengo a un fulano a mi derecha que lleva una camiseta azul oscuro con las palabras: «OSAKA 6 SPORTS» impresas en rosa. Y que yo nunca he estado en Osaka y Osaka es una ciudad portuaria y además se halla entre las favoritas de los artistas y sus habitantes tienen fama de tener un carácter más divertido que los tokiotas.

Estoy intentando quitarme el «Buenas». Buenos días, sí. Buenas tardes, sí. Buenas noches, sí. Hola, sí. Buenas, no. Feliz fin de semana.

Tengo este portátil desde hace seis años y cuatro meses.

El otro día hice una encuesta en Twitter: «Pero, a ver: ¿Yo hablo mucho o poco?» El 47% opina que hablo mucho. O, dicho de otro modo: el 53% opina que hablo poco. Entonces, recapitulando: ¿Yo hablo mucho o poco?

NS/NC

A excepción del martes, he quedado con gente todos los días de esta semana: P, M, C, P, S, B y M. Siete personas. Tal vez sea una forma de quemar las naves porque en dos o tres meses empezaré a escribir una novela y cuando estoy escribiendo una novela me vuelvo más asocial y ando más preocupado por lo que les ocurre a mis personajes que por los vaivenes sentimentales de mi amiga X.

Yo debería estar en Osaka.

C me descubre uno de los mejores lugares de Madrid.

Aunque alguna vez he recitado de memoria, siempre he querido hacerlo más a menudo. Lo que me detiene no es el temor a que se me olvide un verso y me quede bloqueado —no pasa nada—, sino la certeza de que esto va a suceder y que, por tanto, no tiene sentido hacerlo.

C me aconseja grabarme. En audio; en vídeo.

—Al grabarte sabes que lo que recites va a quedar registrado y eso te provoca cierta presión. Yo a mis alumnos les digo: «Cuando toquéis bien una canción diez veces seguidas, tendréis un cincuenta por ciento de probabilidades de tocarla bien delante de mí. Y cuando la toquéis bien diez veces seguidas delante de mí, tendréis un cincuenta por ciento de tocarla bien delante del público».

Imagina un hombre —un adulto medio— con pantalón pirata.

Lo siento.

Mantengo una conversación con L en la que me dice que para que tu nivel de inglés mejore, no basta con ver las películas en versión original subtitulada. Es preciso que, además, los subtítulos estén en inglés.

Al día siguiente, me compro Enter the void en inglés y alemán.

Las mujeres con heridas sin cicatrizar tienden a sabotear su propia belleza. Se cuelgan cosas en la cara y practican hiroshimas capilares con impía compulsión.

Una de las cosas más importantes de la vida es librarse de toda mochila familiar. La sabiduría —y, por tanto, la felicidad— consiste en desposeerte de todo condicionamiento familiar para ser definitivamente tú, sin la inercia que te impele a hacer lo que has visto en tu casa, pero también sin la reactividad que te lleva a hacer lo contrario.

El cuadro Corner Café de Pam Ingalls. En la cubierta de un libro de Murakami. Tusquets. Miro el cuadro y estoy dentro. Huelo a café y escucho el trasiego de cucharillas que son depositadas en platos y el sonido de tazas que chocan entre sí. Al final de la barra, sentado en un taburete, un hombre lee un libro. Lo veo cuando levanto la vista de esta libreta tras dejar de escribir este párrafo.

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