Salvador Sostres es un genio y tú no

Para entender —y disfrutar— a Salvador Sostres hace falta ser inteligente.

La persona que no lo es tiene el cuerpo contraído en posición defensiva y la cabeza vacía o, en su defecto, saturada con la basura orgánica que han ido depositando los adalides del buenismo imperante.

El vulgo echa espuma por la boca y rayos por los ojos cuando lee los artículos de Sostres porque no los comprende. Y porque —digámoslo claro— está cargado de ese resentimiento cínico de los ex vegetarianos, que es el mismo que lo conduce a indignarse por autonegación, por el pánico que experimenta al asomarse a sí mismo y descubrir el material del que están hechas las paredes de su conciencia.

Disonancia cognitiva es que me guste mucho hacerte reír pero estés tan guapa cabreada. Aloha.

En una charla de TEDx un fulano explica en qué consiste el pensamiento divergente: vas en el ascensor con tu hijo de seis años y otro individuo, y tu hijo se vuelve, te mira, y te pregunta si ese tío es el «capullo del quinto que dice mamá».

Salvador Sostres es ese niño de seis años que —afortunadamente— no ha perdido aún la libertad. La libertad de expresarse como si la sociedad no lo estuviera condicionando en todo momento para no desviarse un centímetro de lo políticamente correcto.

«No tiene zurda, no sabe cabecear, no sabe ganar un balón y no hace goles. Aparte de todo eso, está bien». George Best sobre David Beckham.

En los artículos de Salvador Sostres no todos los enunciados tienen valor de afirmación. En muchas ocasiones son sólo planteamientos abiertos: ¿Qué pasaría si…? En otras ocasiones se trata, simplemente, de ironía, cuando no de sentido del humor.

Siempre he sido más apolíneo que dionisiaco, más estoico que epicúreo y más pedante que la madre que me parió. Semper pax.

Hay que leer los artículos de Salvador Sostres con la misma actitud con que ves una película de David Lynch: no desde tu óptica, sino desde la suya. Si te sientas a ver Carretera perdida aplicando tus reglas del juego y no las de Lynch, es probable que acabes exclamando: «¡¿Pero ésta qué porquería/tontería es?!». Con Sostres sucede lo mismo. Y cuando afirma que «no es agradable cenar con pobres», no sólo está diciendo la verdad (si fuera agradable, ya habrías invitado a algunos a cenar a tu casa, ¿no te parece, hipócrita lector?), sino que está, además, jugando con esa superioridad con que históricamente hablan los ricos ufanos de ciudad a los pobres diablos de pueblo.

Sostres es libertad y atrevimiento. Es lo contrario de la hipocresía. Sostres es un genio y tú no. Y lo siento. Como he dicho al principio de este texto, para entender —y disfrutar— a Salvador Sostres hace falta ser inteligente. Y mucho me temo que ése no es tu caso. Llámame facha. Besos.

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