Regresar a las ruinas para explicar la catástrofe

Lo bueno de no hipotecarse es la libertad. Lo malo son las mudanzas.

Lo bueno de las mudanzas es la ilusión. Lo malo es todo lo demás.

Lo bueno de todo lo demás es la aventura. Lo malo es esa liturgia de la pereza que antecede a cualquier burocracia.

Nunca le he dejado de hablar a nadie sin que dicha persona conociera los motivos. A mí sí me han dejado de hablar. Dos amigos. A uno de ellos tuve que sacarle el motivo con una palanca, varios años más tarde. No sirvió de nada. El motivo no se sostenía, ni se apoyaba en la realidad, sino es sus propias suposiciones. Pero, en fin, eran sus razones y que Dios lo bendiga. El otro amigo nunca me dio ninguna explicación. Le pregunté y me dijo que no pasaba nada. Por el tono parecía que le estaba preguntando un disparate. Han pasado tres años de aquella conversación. ¿A ti te ha vuelto a llamar mi amigo? A mí tampoco.

Pocas muestras de respeto más evidentes que la honestidad.

Decir las cosas como las piensas y como las sientes. Ir de cara, con los naipes boca arriba.

Aunque duela, regresar a las ruinas para explicar la catástrofe.

Los amigos que perdí es un gran título que «me quitó» Jaime Bayly. Se lo dije ayer a mi amiga S en la cafetería. Pedimos tarta de zanahoria y no tenían porque era verano. Eso dijo la camarera. Como si la tarta de zanahoria fuera un postre estacional.

Sé que la tarta de zanahoria es una metáfora de algo, aunque no sé de qué. De cualquier cosa. Basta establecer los planos y el camino se mostrará solo.

Hacía muchos meses que no tenía una pesadilla. Esta noche tuve una. Gente disparando. Me tiro al suelo, parapetado tras el sofá, porque disparan a las ventanas. Balas luminosas azules. Granadas. Gente extraña que me quiere matar. Yo también respondo a los disparos. Al despertarme eran las tres de la mañana. Me había dormido a las dos.

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