Querida H

Querida H:

Mañana he quedado contigo y te voy a decir cara a cara lo que siento por ti.

Voy a decirte lo que siento por ti porque creo a ultranza en la honestidad, adoro el juego ofensivo y amo la agresividad. Voy a decírtelo porque es lo que haría Rafael Sarmentero y Rafael Sarmentero soy yo.

Cuando digo «mañana» en realidad estoy diciendo «hoy»; o acaso «ayer», pues en el momento en que estas líneas vean la luz, el eje temporal se habrá desplazado lo suficiente como para convertir el futuro en pretérito perfecto.

No recuerdo con exactitud la fecha en que te agregué a mi lista de contactos en las redes sociales. Pero sé que ha transcurrido el suficiente tiempo como para haber tirado varias veces la toalla en lo que a conocerte en persona se refiere.

Porque no me lo has puesto nada fácil. Te proponía quedar y me contestabas que no, que te caía bien pero que para ti bastaba con ese leve, aséptico, esporádico contacto virtual. Transcurrían unos meses y yo, que nunca he sido amigo de insistir, me veía en la obligación de hacerlo por puro imperativo kármico. No podía permanecer cruzado de brazos ante la insoportable convicción de que me encontraba ante una mujer excepcional.

Volvía, pues, a sugerirte una cita. Y tú, una vez más, volvías a declinarla. Te daba vergüenza —decías— quedar conmigo en persona.

No me quedó más remedio —cuestión de respeto— que aceptar la negativa y replegar velas. Era una lástima, pensaba, pero no dependía de mí. Y como buen seguidor de la filosofía estoica, cuando algo no depende de mí, dejo de preocuparme por ello.

En una de nuestras siguientes interacciones quedó reflejada mi determinación: a raíz de un comentario que escribiste solicitando recomendaciones de libros y películas —y luego de recomendarte mi obra, como no podía ser de otra manera— te dije:

«Aunque seas la mujer que más trabajo me ha costado ligarme en mi vida (y tanto que ya sé que no lo conseguiré jamás), sigo pensando (lo uno no quita lo otro) que eres, con diferencia, una rara avis entre las de tu especie. Para bien. Para muy bien.

»Por tanto, y si no me equivoco, considero que tienes que ver la mejor película de amor que se ha hecho y se hará jamás. A mí, al menos, me lo parece, porque expresa exactamente mi idea del amor.»

Después de todo, la resignación —virtud del sabio— no entra en conflicto con la constatación de la realidad.

Sea como fuere, se produjo un hecho que —pienso— alteró el curso de los acontecimientos: me compré un teléfono nuevo. Y esa misma tarde, con la intención de probar el micrófono, te envié un archivo de audio en el que te comentaba una tontería cualquiera. Y, oh, milagro, el tono de mi voz no te pareció tan amenazante y actuó como una especie de salvoconducto que me acercó algo más a ti.

Más adelante te escribí un poema:

NO TE CONFUNDAS

Después de todo tienes dos orejas,
una nariz, dos ojos, una boca,
y un tronco con sus cuatro extremidades.

Al fin y al cabo tú también te enfadas,
vas al baño, estás triste y esas cosas
tan propias de vosotros los humanos.

En resumidas cuentas, te asemejas
a los tantos millones de personas
que pueblan el planeta y lo envilecen.

No te niego que estás en lo correcto.
Ya lo dijo alguien antes: «La belleza
está en el ojo del observador».

Es absurdo pensar de otra manera.
No eres más que otro clon con otro nombre.
No eres nada especial. Muy bien; de acuerdo.

Pero no te confundas: el amor
es el miedo que tengo a equivocarme
y dejarte pasar como a cualquiera.

Y tú me replicaste aquello de: «Es bastante tierno para ti. Perdona. No quiero molestarte con lo que he dicho.»

Y aún más adelante, te confesé: «He contado el número de países a los que me iría contigo y me salen ciento noventa y cuatro».

Esto último no pareció agradarte: «Si quedamos sería en plan amistoso. A veces no sé si estás de broma o lo dices de verdad. Pero cuando lo dices me pones nerviosa y no quiero quedar».

La verdad —ahora lo sé— es que yo siempre hablo en serio.

De nuevo, charlando sobre la película que te había recomendado semanas atrás, mantuvimos el siguiente diálogo:

—Aún no he visto la película pero la veré.

—Espérate. Creo que esa película concretamente deberías verla conmigo.

—¿Por qué?

—Porque si tuviera que elegir una película para ver contigo de entre todas las que existen, sería ésa, y si tuviera que elegir una persona para ver esa película de entre todas las que existen, serías tú.

Y así, con el curso de los días, llegó la tarde en la que te hice saber que planeaba comprarme una cafetera francesa a eso de las seis y tú me comunicaste que tenías una entrevista de trabajo una hora antes. «Si el universo tiene algún tipo de sentido —sentencié— debemos ir a comprar la cafetera hoy».

El universo tuvo sentido y, por fin, nos conocimos.

«Quiero quedar ya contigo para romper esa burbuja y que veas que no soy para tanto», me habías escrito días atrás.

«Están las demás y estás tú. Y lo veo claramente, desde el primer día. Con una nitidez absoluta», te había respondido yo.

Está claro quién tenía razón.

Exacto.

No soy un enamorado del amor. No me enamoro todos los días. Ni siquiera todos los años. Se trata, simplemente, de que has aparecido tú.

Enumero aquí algunas de las características que me gustan de ti para que veas que no me estoy inventando nada:

En definitiva: eres VERDADERAMENTE necesaria.

¿Exagero? ¿Te veo mejor de lo que eres? Es posible. Pero, ¿acaso el amor no consiste, precisamente, en ver al otro mejor de lo que es? Si te viera tal y como eres no sería amor; sería antropología.

Yo sólo digo lo que pienso y lo que siento. Es lo que llevo haciendo toda mi vida.

«A ganar o a perder; pero a lo grande.»

Finalmente, escribo en las redes sociales:

«Tengo sentimientos encontrados con respecto a ti: me gustas y te quiero.»

E inmediatamente me preguntas a quién me refiero con ese «ti».

«El domingo te contesto.»

Son las HH y MM minutos del domingo 2 de octubre el Año de Gracia de 2016 de Nuestra Era y ya te he contestado.

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