Quentin Tarantino, ese perdedor

Mientras desayuno, leo esto que Graham Greene escribe en El último affaire: «Ahora mismo ya he agotado el interés que antes sentía por mi trabajo, y no hay reseña elogiosa que me complazca ni crítica feroz que pueda hacerme daño. Cuando empecé a escribir la novela sobre el alto funcionario todavía estaba interesado en mi obra, pero cuando Sarah me dejó empecé a valorarla por lo que en realidad era: una droga sin importancia, algo así como el tabaco, que ayudaba a hacer pasar las semanas y los años. Si nos vamos a extinguir con la muerte, tal como aún intento creer, ¿qué sentido tiene dejar a la posteridad unos libros en lugar de unos frascos de perfume, unas prendas de ropa o unas baratijas?».

Camino del trabajo, escucho esto que Roger Wolfe afirma en su Diario hablado: «En el fondo no me importa nada. Pero no es un “no importarle nada” negativo, ni depresivo, ni en el sentido de desprecio de la vida, ni del mundo, incluso, sino un “no importarle nada” ontológico, más bien sereno, más objetivo. Pero con el transcurso de los años, lo que se va acumulando es una cosa biológica; es cansancio. Ese cansancio añade a esa sensación de que nada importa que uno ya tenía desde el principio. Y esto tiene que ver, por ejemplo con la obra, con la creación. A mí en realidad nunca me importó. Yo siempre decía: “Bueno, algo hay que hacer para entretener la espera”. Siempre me ha resultado muy difícil de explicar esto, porque si dices que no te importa nada, el mensaje, la interpretación, puede ser equivocada. No; no es que pase de todo. Es que en realidad, sinceramente, no me importa. Pero no me importa muy seriamente».

Me despierto. Son las seis y cuarenta y siete. Tengo un mensaje de B. Le respondo: «Con frecuencia, la gente se burla del amor —hace mofa de lo romántico, de lo Disney porque lo teme. Y lo teme porque el amor nos hace vulnerables; nos expone. Yo creo que quien no tiene nada que perder, difícilmente tiene algo que ganar. Y en este ejemplo que me envías, el tío deja claro que le teme al sufrimiento como una rata y que, por tanto, prefiere correr sin campo, nadar sin agua, volar sin cielo».

«¿Que usted me dice “valiente”? Pues yo le preciso que temeridad es de bobos. Pusilanimidad es de mierdas.» (Antonio Escohotado.)

Existen un ego bueno y un ego malo. El ego bueno es el amor propio. El ego malo es la ausencia del mismo. Cuando alguien dice que «fulanito tiene mucho ego», paradójicamente lo que está afirmando es que fulanito no tiene una vaina.

Como fulanito carece de ego, no se quiere a sí mismo. En consecuencia, es incapaz de respetar la otredad; es decir: el sacrosanto derecho del otro a decidir lo que quiere y lo que no quiere en su vida.

Tras una dilatada serie de desencuentros —totalmente justificados y en los que no entraré—, X dio por concluida —por enésima vez— su relación con Z. Pero Z, en lugar de aceptarlo, se ha vuelto loco y no para de atacar a X con toda su artillería: quinientas cuarenta y seis mil llamadas y ochocientos treinta y siete mil mensajes cargados de insultos, reproches, lamentos, e intentos de manipulación.

Yo soy el primero que defiende que «no» es «no» hasta que es «sí». Pero no te equivoques, amigo: de igual modo, «sí» es «sí» hasta que es «no». Y cuando alguien te deja —ya suponga la ruptura un alivio o la mayor decepción personal de tu vida—, la única conducta correcta es la aceptación silenciosa del hecho. Por desgracia para X, parece que Z no piensa de la misma manera que yo.

Le aconsejo a X que, a partir de ahora, cada vez que se fije en alguien, se plantee si dicha persona avergonzaría a sus padres.

Al principio es reticente —«mis padres no van a salir con él»—, pero luego acaba aceptando que lo que le sugiero no constituye un mal test. Creo que la madurez emocional consiste en dejar de salir con personas que avergonzarían a tus padres.

B me ha conseguido una entrada para el preestreno de la última película de Tarantino. Cuando llego al cine Doré hay una cola infinita que da la vuelta al edificio. Pero gracias a los contactos de B, tenemos fila reservada y nos ahorramos ese disparate involutivo que es hacer cola.

La película no me entusiasma. Le doy un cinco en Rafaffinity, que es la nota que le doy a las películas que no vería de nuevo pero que no me arrepiento de haber visto.

La noche anterior he estado en el cine de verano de Cibeles viendo Pulp fiction con M. El contraste no puede ser mayor.

Por alguna razón que desconozco, después de Jackie Brown Tarantino renunció a la idea de intentar hacer una gran película y se ha conformado con hacer películas que le entretengan. Si lo piensas, Érase una vez en Hollywood no deja de ser una comedia. Y una comedia puede ser una buena película, pero jamás será una gran película.

No sé por qué sigo esperando tanto de Tarantino. A fin de cuentas, si repaso su filmografía, se me ocurren estas observaciones:

Por si fuera poco, parece ser que el tío flojo ha dicho que sólo va a rodar diez películas y que después se retirará. Y para colmo hay rumores de que la décima podría ser una versión de Star Trek. ¿En serio, Tarantino? Menudo perdedor estás hecho.

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