Qué fea es la gente

La cuestión es que tienes que creer que la persona con la que sales es mejor que tú. Más buena, más guapa, más lista, más creativa. Alberto Olmos decía que tu novela tiene que ser más inteligente que tú. A eso me refiero. Qué sentido tiene invertir en alguien que es peor que tú. Nadie vende duros a cuatro pesetas.

Malas son las místicas, pero aún peores son las que van de místicas. Miro a mi alrededor y me reafirmo: todo está lleno de petardas. Todo está lleno de petardas.

Informáticos que hablan de trabajo a la hora del café. Siempre resulta desagradable. Pero ahora, una nueva modalidad: hablar de lo que comieron, de lo que están comiendo o de lo que van a comer. Informáticos que se pasan el día hablando de cocinillas. ¿Qué está pasando? Qué gente más aburrida.

Anoche estuve en «Show de rimas», un programa de Tele-K, la televisión vallecana. Tiré de clásicos: tres poemas de Trovademécum y arreando. En el plató me siento cómodo porque no me afecta que haya cámaras. Estoy allí como puedo estar recitando en cualquier bar. La clave está en no sentirte con la obligación de decir algo interesante. En ese sentido, no es muy diferente de una cita. El otro día K dijo una frase que me encantó: «Las personas son interesantes hasta que las conoces». Cuando eres realmente un ser superior no necesitas hacer ninguna demostración.

—Qué fea es la gente —dijo I el otro día.

Y juro que llevo años repitiendo esa frase en mi cabeza.

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