Pero ¿esto es poesía o no es poesía?

Desde hace ya unos cuantos años —supongo que desde que surgió la llamada Poesía de vanguardia a principios del siglo pasado— es inevitable que, al leer determinados textos considerados poemas, nos asalte la siguiente pregunta: Pero ¿esto es poesía o no es poesía?

Aunque ésta sea una cuestión menor —después de todo, solo se trata de una nomenclatura—, daré mi punto de vista.

A la hora de clasificar un texto, yo considero que existen cuatro términos relevantes: poema, prosa, poético y prosaico.

Estos términos dan lugar a cuatro combinaciones posibles:

Para mí un texto es un poema si se articula sobre uno o varios ritmos bien definidos. Es decir: si sus acentos prosódicos se repiten. Puede haber rima o no haberla, pero tiene que existir necesariamente una repetición de los patrones de acentuación.

Esta repetición prosódica es la que da sentido a rebanar un texto en versos. Si no hay repetición, ¿qué sentido tendría versificar? Los versos son la representación visual del ritmo. Establecen una división similar a los compases en la música.

Por ejemplo, en el soneto Mientras viva de Blas de Otero:

Vuestro odio me ayuda a rebelarme.
A ver más claro y a pisar más firme.
(Mientras viva, habrá noche y habrá día.)

Podrán herirme, pero no dañarme.
Podrán matarme pero no morirme.
Mientras viva la inmensa mayoría.

Los acentos prosódicos más fuertes recaen en las sílabas:

La longitud de los versos —incluso el mismo hecho de que haya versos— es irrelevante. Lo que hace que yo considere que un texto es un poema es la presencia del ritmo.

Por ejemplo, en Marcha triunfal, Rubén Darío versifica como le da la gana:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Los números de sílabas de los veros son: seis, quince, doce, quince.

¿Por qué suena rítmico entonces? Pues porque lo que marca el ritmo son los acentos prosódicos. Que, en este caso, están repartidos de la siguiente manera: entre cada sílaba acentuada —tónica— hay dos sílabas sin acentuar —átonas—. Y este esquema se repite a lo largo de todo el poema. Como si de una marcha, en efecto, se tratase.

Según mi modo de entender, por tanto, es un poema. Ahora bien: ¿es poético? En este caso, yo diría que sí. ¿Por qué? Bien: porque emplea recursos estilísticos propios de la poesía: aliteraciones, metáforas… Todo esa vaina. Estos dos textos, por tanto, son poemas poéticos.

Vayamos con el segundo caso: los poemas prosaicos. ¿Qué textos consideraría yo poemas prosaicos? Pues, por ejemplo, el típico rap sin gracia ni alma; los clásicos textos plagados de ripios; los malos poemas. Si cojo el ritmo del poema de Rubén Darío y lo relleno con basurilla:

Los viernes no duermo,
los viernes no duermo ni a palos, no hay modo.
Prefiero los sábados noche, sin duda.
Mejor descansar mucho más por la cuenta que trae.

¿Una idiotez? Pues eso. Poema prosaico.

¿Y la prosa? ¿Qué es la prosa? Bueno, ¿hace falta que lo explique? Lo que no es poema, es prosa. La prosa carece de un ritmo reiterado, si la redundancia es admisible. Y si no presenta recursos estilísticos propios de la poesía, será prosa prosaica. Como un párrafo cualquiera del BOE:

Resolución de 27 de noviembre de 2020, de la Presidencia del Comisionado para el Mercado de Tabacos, por la que se publican los precios de venta al público de determinadas labores de tabaco en Expendedurías de Tabaco y Timbre del área del Monopolio.

Para concluir, la prosa poética sería la prosa en la que sí aparecen recursos estilísticos poéticos. Pongamos como ejemplo estas líneas de Francisco Umbral:

De regreso, las gentes que vuelven de la iglesia, asociaciones madrepóricas de familias, la dicha lenta que traen entre todos, un sol de costumbre y rebaño, porque ninguno ha captado nada, quizá, pero entre todos reúnen sus nadas y crean algo, acuerdan sus dudas y crean una fe.

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