Perdón. Gracias. Adiós

S me explica que dejó a su novio porque se dio cuenta de que ya no sentía amor —ese amor— por él.

Nunca he dejado de querer a una mujer. Si pasado cierto tiempo decido seguir con ella es porque ya la conozco y estoy conforme con su personalidad, con sus defectos y con sus virtudes. Y, salvo traición o cambio repentino de forma de ser por su parte, no se me ocurren argumentos por los que la podría dejar.

—La otra persona no cambia —dice S—. Cambias tú.

S identifica el motivo que la llevó a dejar a su novio:

—Me di cuenta de que yo había evolucionado y él no. Él seguía siendo muy inmaduro. Y sé que aunque pasen los años lo seguirá siendo.

Después de haberle dicho que lo quería más que a su vida, que quería envejecer a su lado, que sería el padre de sus hijos, en fin, después de haberle prometido todas esas cosas típicas, todo ese papel mojado que se ata como un fardo y se le pasa a la pareja, S no puede evitar sentir cierta culpa, cierta sensación de haber traicionado a su ex novio.

—No tienes por qué sentir que lo has traicionado —le digo—. No hay traición alguna. La habría si cuando le dijiste esas cosas no las estuvieras pensando, sintiendo. Pero ése no es el caso. Es sólo que has cambiado de opinión.

Todavía no he visto Casablanca.

Su ex novio, como deduje, no lo llevaba bien. Sentía esa traición.

Sin lugar a dudas, se equivoca.

«Estas cosas pasan». Pep Guardiola.

La reacción de su ex novio es infantil, como los futbolines en Madrid, con sus futbolistas de una sola pierna-muñón; inapropiada, como la lencería roja. Y triste, como un jubilado que estudia inglés.

La manera elegante, ética y correcta de proceder —y de sentirte— en estas circunstancias en que tu ex novia te prometió el oro y el moro y, al cabo del tiempo, cambió de opinión y te dejó, coincide con las tres palabras que Pedro Ruiz ha seleccionado para su epitafio: «Perdón. Gracias. Adiós».

Todo lo demás es pataleta.

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