Películas y documentales que vi en dos mil diecinueve

En una relación —del tipo que sea— es fundamental portarse bien. Hacer bien las cosas. Actuar como crees que debes actuar. Como te gustaría que actuaran contigo.

Luego, las cosas se pueden torcer, por supuesto; y la relación concluir. Pero la satisfacción de haber actuado correctamente y la serenidad que ello proporciona son recompensas que siempre te acompañarán y que nadie te podrá quitar jamás.

Esta reflexión me lleva a recordar una charla que Pedro Cavadas ofreció en el Teatro Echegaray de Onteniente. El médico comenzó la charla recordando aquel chascarrillo que dice que un hombre le cede el paso a una mujer, y la mujer le espeta: «¿No me estará usted dejando pasar primero porque soy una señorita?» A lo que el hombre replica: «No, le dejo pasar primero porque soy un caballero».

Al final de la charla, Cavadas afirmaba: «Hay placeres que requieren aprendizaje. Y uno de ellos es el placer de regalar. Es un placer muy poco popular […] Tienes la capacidad de ver a un tío que es de otro color, que huele distinto, que habla otro idioma, que es lo más opuesto a ti que te puedes imaginar, que no tiene dónde caerse muerto… Que le vas a regalar una vida nueva y no va a entender por qué lo haces. Y encima es que a ti te importa un rábano que lo entienda. Porque el placer tuyo es tuyo, y sobre ese placer sólo mandas tú». Y remataba: «Todos nosotros hemos tenido la suerte de nacer en una zona segura y opulenta. Y, sinceramente, creo que la ayuda humanitaria es el precio razonable del alquiler por vivir en la zona cómoda del mundo sin haber hecho mérito para ello. Lo siento. […] ¿Cuál es el motivo? Por pura decencia. Porque creo que, pudiendo hacerlo, si no lo haces, es una indecencia. Porque tú tienes que ser un caballero haya o no haya señorita a la que dejar pasar primero, y sea quien sea la señorita que está delante. Tú eres un caballero».

Una expresión del periodismo deportivo reza: «Esa jugada ha valido la entrada». Esas mismas palabras podrían valerme para calificar las que pronunció mi amigo K, micrófono en mano, en su ceremonia nupcial, celebrada en el Castillo de Tamarit, en Tarragona:

—No somos conscientes del descomunal sacrificio que han hecho nuestros padres para que nosotros estemos bien. Creo que lo mínimo que podemos hacer de mayores es devolverles, aunque sea, una ínfima parte de todo lo que nos han dado.

La ceremonia salió redonda y me sentí muy a gusto y muy querido.

Éste es el equipaje que llevé a Tarragona.

Éstas son las películas y documentales que he visto en dos mil diecinueve, con las calificaciones que les he otorgado:

(*) Me pasé toda la película manteniendo una apasionante conversación con María.

Planes para este año de gracia y de la rata de dos mil veinte de nuestra era: terminar de escribir la novela y ser un veinte por ciento más caballero. En todos los sentidos.

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