Ofende todo lo que puedas

Personas con las que has mantenido apacibles, alegres conversaciones; personas con las que te has sentado a tomar café, y cuyas íntimas confesiones has escuchado con atención mientras tratabas de ofrecerles un punto de vista que les fuese de ayuda. Durante días, meses o años.

Personas que, sin embargo, deciden excluirte de sus vidas, de la noche a la mañana, por una frase; por un comentario que hiciste en las redes sociales o en alguno de tus artículos. Porque les pareció ofensivo, inadmisible. Motivo suficiente para despreciar todo lo bueno que les has brindado y la buena imagen que podían tener de ti, y fruncir el ceño y abrazar con fuerza la recién instalada convicción de que eres un ser abyecto que no merece ni el aire que respira.

Personas, en definitiva, que se pueden ir a cagar.

Porque si una persona es incapaz de comprender tu mensaje y extraer la esencia de su contenido, si una persona concluye, a partir de tus palabras, que eres un mal tipo, que nada de cuanto ofreces tiene valor alguno porque esa opinión que acabas de dar te convierte en un monstruo tal que todo cuanto de valioso hay en ti queda invalidado, y si esa persona, además, te conoce, y dispone de información adicional para enjuiciarte, entonces lo mejor que puede suceder es lo que ha ocurrido: que desaparezca. Por su escasa inteligencia, por su particular visión de la amistad, lo mejor es que se esfume de tu vida cuanto antes y deje paso a otros individuos más lúcidos y mas proclives a valorar lo importante.

Hace unos meses publiqué el siguiente comentario: «El catalán es una lengua moribunda que hay que dejar que se extinga de manera natural como lo han hecho todas las lenguas.»

No estoy diciendo nada negativo sobre el uso del catalán, ni afirmando que haya que prohibirlo, ni atacando a quienes lo hablan. Lo que estoy diciendo es que la lengua debe ser algo orgánico, que no ha de ser impuesta ni subvencionada. Y que, del mismo modo que hay palabras que caen en desuso y surgen otras, los idiomas en sí mismos deben gozar de idéntica plasticidad. Si es más útil hablar castellano e inglés que catalán y termina éste desapareciendo, bien estará. Como bien estará lo contrario. Por eso hay que dejar que se extinga, como cualquier otra lengua; como las palabras «amigovio», «guay» o «posverdad».

Pero de pronto entra en acción el escritor X, un idiota hasta que no me demuestre lo contrario, que se vuelve loca con mi comentario sobre el catalán y corre a difundirlo entre sus contactos para denunciar, visiblemente ofendida, que yo critico a los catalanes, que cómo puede considerarse escritor alguien que ataca una lengua.

Pero vamos a ver, X. Si mi comentario, según tú, es ofensivo, ¿para qué lo difundes? ¿Es que quieres hacer daño a tus seguidores? En realidad, tú y yo sabemos que eso te importa bien poco. Lo que querías era echarme encima a la canalla; a la masa; a la chusma; a la jauría. Querías, en resumen, lincharme. Sales corriendo como una nenita ofendida; como quienes acuden a la @policia en Twitter —«¡Buaaa! ¡Mamá, mamá! ¡Mira lo que ha dicho!»—, mientras intentas que la gente me dé palos para que pague por mi afrenta.

No eres el único que se molestó por mi comentario, naturalmente. Gente a la que apreciaba —y cuyo aprecio era, creía, correspondido— también se llevó, entre hipidos, las manos a la cabeza, y se marchó de mi lado haciendo pucheros. ¿Qué puedo decir? ¡Magnífico!

Otros más inteligentes, con mayor grado de apertura mental, vendrán a ocupar ese vacío. El tiempo es finito a fin de cuentas, y no hay más opción que repartirlo. Perder a unos redunda en beneficio de los otros.

He perdido —véase— «amigos» —conocidos— por defender la no imposición de una lengua. He perdido «amigos» por defender el liberalismo, filosofía que propugna que nadie tenga más derecho sobre tu vida que tú mismo. He perdido «amigos» por criticar el feminismo, ideología que, entre otros desvaríos, pretende que los seres humanos respondan ante la ley de distinta manera en función de su sexo.

Y sin embargo yo, cuando me he topado —decenas, cientos de veces— con alguien que defiende el comunismo, no he pensado: «¡Qué malvado! ¿¡Cómo puede defender una ideología que se ha cobrado más de cien millones de víctimas a lo largo de su historia; que cuenta entre sus defensores con las figuras de Mao Tse-Tung, Pol Pot, Stalin, Fidel Castro, Hugo Chávez…; que sostiene que unas personas tengan derecho a hacerles imposiciones a las otras!?». Podría haberlo hecho. Pero la mayoría de las veces lo que he pensado ha sido: «No; esta persona no puede ser tan mala. Simplemente está equivocada: cree que el comunismo es compartir alegremente tu plato de sopa con el vecino; que el despótico rico gane un poco menos en beneficio del bondadoso pobrecito. No se da cuenta de la atrocidad ética que esto supone».

Sucede, por otra parte, que bastantes personas que me leen y que no comulgan con mis ideas, están lo suficientemente evolucionadas para al menos comprender por dónde van mis tiros. Por eso es tan importante ofender: porque criba a la población separando el grano de la paja; el oro de la arena.

Ofende todo lo que puedas. No tengas miedo. Exprésate. Y a los ofendidos que sollozan y te tuercen el hocico, ya lo he dicho: que les den. Au revoir. Buen viaje al Averno. Tú les sonríes, les colocas una mano sobre el hombro, y les dices de mi parte: «Ofenderse es una decisión personal».

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