No te compres un Samsung

Me he comprado la Kaweco Sport Brass. Lo he hecho. Era uno de esos artículos que tenía pendientes en mi wishlist y, aunque no me urgía, he decidido que no iba a esperar más.

«Cómprate un Samsung», escribí el otro día. Durante años he defendido —y lo sigo haciendo— que el objetivo del juego no es ni perder jugando bien, ni ganar jugando mal. Es lo que siempre le preguntan a los entrenadores de fútbol: «¿Qué prefieres: jugar bien y perder o jugar mal y ganar?» El objetivo es ganar jugando bien. De modo que, indefectiblemente, es condición necesaria intentar jugar bien.

Sin embargo, durante todo este tiempo he pensado que, cuando no jugabas bien, ganar o perder era algo irrelevante; anecdótico. Ambos eran escenarios equivalentes. Ahora, en cambio, lo veo de otro modo. Ahora creo —y sé que puede parecer una obviedad— que ganar es mejor que perder. Porque existe una épica aún, a pesar de no haber jugado bien. Existe una segunda competición que todavía se puede ganar: la del resultado. No es la victoria total que uno persigue, pero es una victoria al fin y al cabo.

Pienso en el Barça de Cruyff, con Alexanco. En el de Guardiola, con Piqué. La idea era colocar a un defensa central de delantero centro en los últimos minutos del partido cuando tenías el resultado en contra. Se trataba, en fin, de renunciar al buen juego en pos de un marcador favorable. Pero sólo después de haber intentado lo sublime; nunca antes. Como premisa se me antoja correcta: intento ganar jugando bien y, si veo finalmente que no puedo, trato al menos de conseguir la victoria.

—¿Quieres chuches? —me pregunta P.

P y tres compañeras de clase me están entrevistando para no sé qué trabajo de la universidad.

P me regala una bolsa con dos fresas de gominola.

Que si Qwerty Vintage es una crítica a la sociedad actual. Que si creo necesario que un poeta se considere un genio para que puedan considerarlo los demás. Preguntas así.

En algunas entrevistas basta con responder a las preguntas y en otras tengo que poner más de mi parte para que el resultado tenga algún valor. Pero siempre me divierto en las entrevistas.

—¿Recuerdas haberte acercado a alguien una vez en la línea 1 de Metro y felicitarlo por escribir a pluma? Era yo —me dice A—. Antes de conocerte como poeta, te conocí en el metro.

Le digo a B:

«Un artista que no se permita fallar está condenado a no intentar nada. Sólo fallando puedes mejorar. De hecho creo que la obligación del artista es llevarse hasta el fallo. ¿Te imaginas que los grandes pintores nunca hubieran intentado lo que no sabían hacer? ¡Habrían hecho bodegones toda su vida!»

Todo tiene que ver con todo.

«Un señor como tú tiene que lanzarse sin miedo a las nuevas experiencias. PINK POWER!», me escribe M.

«Pero el amor nos hace débiles.» (Pablo Cortina.)

Lo más importante es la confianza en uno mismo. Y ésta debe basarse únicamente en el valor propio; no debe estar condicionada por las reacciones de los demás.

Y regresando al tema del iPhone, ya que preguntas: no te compres un Samsung. Recuerda lo que decía Steve Jobs:

«Lo hemos decidido nosotros. El cliente no sabe lo que quiere hasta que lo tiene delante.»

Ya me tienes delante.

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