No se dice «Albania», se dice «Shqipëria»

Me pongo en cuclillas, saco el Kindle y continúo la lectura mientras mi hermana le hace fotos a mi madre.

Estoy en Ciudad Universitaria y acabamos de salir de la facultad de Geografía e Historia de la UNED. Mi madre acaba de leer su tesis: sobresaliente con opción a matrícula de honor. Mi madre se ha doctorado. El mes que viene cumple sesenta y cinco años y lo ha conseguido.

De joven estudió Secretariado Internacional. Hace veinte años hizo la prueba de acceso a la universidad para mayores de veinticinco.

Mi madre no se levanta nunca más tarde de las seis de la mañana, lo mismo los lunes que los sábados. Trabaja en casa más de diez horas diarias. Ha superado un cáncer y una depresión severa. Mi madre siempre está animada; y cuando no lo está, tiene la capacidad de sobreponerse y volver a sonreír.

Mi madre es un modelo de esfuerzo, tanto en lo laboral como en lo anímico. Sin saberlo, hace suyo ese verso de Celaya que tanto le gusta a mi amigo D: «Te impones la alegría como un deber heroico». Espero parecerme un poco a ella.

Si este fuera un mundo más justo, todos los que dicen «muero de amor» morirían de amor. Drogas no.

Me encuentro con P en las inmediaciones de mi casa. P ha empezado a estudiar restauración y me muestra, orgullosa, el pincel de once euros que se acaba de comprar. Acompaño a P a comprar no sé qué historias. Luego me acompaña de vuelta a casa.

—No me quiero ir, quiero seguir hablando contigo. Me gusta mucho hablar contigo —dice.

Y a quién no, me pregunto.

«Cuando eres tan grandioso como yo, es difícil ser humilde». Muhammad Ali.

P me cuenta que este año ya no dan fotografía analógica en su clase de fotografía.

P me cuenta que su padre le ha prestado Charlas sobre zen, de Osho.

P opina que los antidepresivos son los sustitutos modernos de Dios.

La otra noche: hablo con L y D sobre los exónimos. D y yo estamos a favor de ellos, mientras que L se revela como un acérrimo defensor de los endónimos.

—Pero hay nombres de ciudades extranjeras cuyos fonemas ni siquiera sabemos pronunciar —razono.

—No los sabemos pronunciar porque no nos han enseñado. Si desde pequeños nos enseñaran a pronunciarlos, no tendríamos ningún problema.

Puede que L tenga razón y que carezca de sentido traducir a nuestro idioma los nombres de las ciudades y de los países, como sucede con los nombres de las personas. Martínez de Sousa justifica los exónimos amparándose en el desconocimiento general, pero este argumento quedaría salvado si, como L sugiere, nos enseñaran los nombres originales en el colegio.

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