NO ME VOY A CALLAR

—Es difícil de contar —le digo—, pero a la izquierda había una mujer joven con una especie de planta, y a la derecha, en la pantalla, un hombre joven con otra. En sendas jardineras o algo así. La planta era básicamente una flor grande, tipo girasol. El hombre se pone a hablar de una figura geométrica, representada por la planta, que tiene no sé cuántas dimensiones, pero que se puede desplegar y proyectar en un plano. Suelta un rollo tipo The Big Bang Theory. Luego se va al baño y ella dice que va también. La cámara permanece quieta, grabando las flores. De pronto, la flor de ella se mueve hacia la flor de él y le clava algo. La mata. Vuelven del baño y él, al ver lo que ha pasado, comprende que su relación había acabado, que ella lo va a dejar, lo está dejando, lo ha dejado. Y se pone a llorar. El espectador entiende la metáfora. Fin.

H dice que es algo inverosímil. Yo no creo que funcionara en un corto.

—Quedará como sueño —le digo—. ¿Por qué un sueño no puede ser también una obra de arte?

Creo que no hay evolución sin riesgo, sin viaje, sin movimiento. Creo que el ser humano tiene la obligación moral, como ser humano, de moverse; hacia donde sea; equivocado o no, qué más da: ambición, tesoros, sueño, amor, aventura… Cualquier cosa que te saque de la seguridad. Y en el recorrido, en el camino, es cuando vives, te transformas y justificas la vida. La vida es algo que hay que justificar.

Arturo Pérez-Reverte

Leyendo Crónicas coreanas, de José María Contreras Espuny, aprendí que en el idioma japonés existe el término honne, que alude a los verdaderos sentimientos de una persona, y el término tatemae, que hace referencia a la fachada que uno muestra a los demás.

Espuny reflexiona sobre el surgimiento de esta hipocresía nipona y encuentra su razón de ser en la superpoblación y en el aislamiento al que estuvo sometido el país durante dos siglos. Si estás encerrado en un lugar con mucha gente —deduce— y no controlas las manifestaciones de tus pensamientos y de tus sentimientos, es muy probable que muy pronto te encuentres en mitad de un campo de batalla.

Quien dice Japón, dice las redes sociales. A veces, hastiado de los ladridos de los perros rabiosos, de los roznidos de los burros, de los gruñidos de los cerdos, me digo a mí mismo: «A partir de este momento voy a ser el más guay de todo Internet. Voy a ser guay del Paraguay. Guay del Uruguay. Güey de Camagüey. Voy a actuar como un jugador de poker, es lo mejor. Voy a limitarme a observar sin desvelar nunca mis cartas».

Entonces me armo de buena voluntad y modero mis palabras. Me comido. Contengo mis pensamientos y mis sentimientos. Me trago el honne y me pongo ciego de tatemae.

Pero esta tentativa de continencia suele durarme un máximo de veinticuatro horas. El apasionamiento me puede. Dónde está en esos momentos la horchata que, según mis compañeros del equipo de fútbol, me corre por las venas.

A veces pienso que debería callarme; que no merece la pena el desgaste. Pero acto seguido es cuando más claro lo tengo: no me voy a callar.

No escribo para ser comprendido. Escribo para los que me comprenden.

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