No es tu novia hasta que no habéis desayunado en el Vips

Entro en el Vips, me siento y pido un desayuno americano. Y un zumo de naranja.

El desayuno americano consta de huevos (revueltos), patatas (gajo) y tortitas.

No sé cuántos años hacía que no me comía unas tortitas. El otro día volví a tomarme un café bombón. Otro gesto regresivo hacia un lugar perdido en la memoria. Cuando algunos pilares de tu vida se agitan es el momento de volver a los orígenes. De regresar a los olores, a los sabores, a las sensaciones familiares. Uno se pasa la vida buscando una familia.

No es tu novia hasta que no habéis desayunado en el Vips.

Y también, supongo: La mujer con la que alcances la cima del monte Fuji será la madre de tus hijos.

Estoy desayunando solo, que es una de las dos mejores formas de desayunar.

La cabeza discurre hoy con pesadez de corcho, como si llevara un casco de bicicleta que estuviera siendo golpeado en una guerra de almohadas.

«No diría que fui el mejor entrenador. Pero estaba dentro del top 1.» Brian Clough.

Ayer, cuando me disponía a ver un partido del Barcelona por Internet en no sé qué canal sudamericano, pusieron un anuncio en el que un padre pilotaba una avioneta con su hijo pequeño en el asiento de atrás. Y cuando el padre hacía algún giro, alguna cabriola, el niño —casi bebé— reía pleno, feliz, ajeno al peligro de la situación. Aunque sea un anuncio, está claro que a algunos padres habría que darles una torta y quitarles la custodia para siempre. Arriesga tu vida si quieres, pero ten la máxima consideración hacia la de los demás.

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