Muchas horas de café

Quedo con S —no confundir con S ni tampoco con S— en El Comercial. Le pido que me detalle su experiencia haciendo puenting este verano en Sudáfrica. Le pregunto si le ha cambiado la mirada, su forma de entender la vida. Me contesta que no. Luego me pone al día de sus avatares amorosos.

S no está pasando su mejor momento a nivel emocional. Su psicóloga dice que está deprimida.

Yo la veo un tanto agotada. Creo que ése es el adjetivo que mejor define su estado. Como si necesitara recargar las baterías durante un tiempo para poder volver a entusiasmarse.

No tengo ninguna formación en coaching ontológico. Sólo tengo dos oídos, algunos años, buena voluntad y muchas horas de café.

¿Que qué haría yo, me preguntas? Creo que lo más importante ahora —ahora y siempre— es que aplique un buen algoritmo vital. Hay pocos algoritmos tan eficaces como éste: acércate a aquello —personas, actividades— que te haga bien y aléjate de aquello —actividades, personas— que te haga mal. La mayoría de la gente aplica las reglas al revés. Y luego vienen los llantos.

No puedo dejar de hacer planes. De pensarlos y de ejecutarlos.

También a veces estoy tranquilamente leyendo mientras me tomo una manzanilla.

Me parece inadmisible que no haya una maldita librería abierta a las diez de la noche.

A los libros les pasa como a las personas: unos te conducen a otros y esos otros, a otros más. Uno va recorriendo nodo a nodo esa red de afinidades y haciendo interesantes descubrimientos.

Así, mis lecturas sobre Chukri me han llevado a tener noticia de la existencia de otro escritor que practica una literatura similar en cuanto a carga biográfica y crudeza: Pedro Juan Gutiérrez, un autor cubano nacido en mil novecientos cincuenta.

Cuando la otra tarde quedé con I, le pregunté si lo conocía.

—¡Claro! ¡Me encanta!

De modo que en breve me agenciaré la Trilogía sucia de La Habana para empezar a hollar la obra del susodicho.

Cuba es uno de esos países a los que quiero ir desde hace muchos años. Desde los quince, calculo, cuando mi tío favorito estaba escribiendo un libro sobre oportunidades de inversión en la isla, venía a casa, tocaba la guitarra y cantaba canciones pro revolución.

I es cubana y vuela cada cierto tiempo a su país para ver a su familia. Está empezando a tentarme la idea de apuntarme a una de sus excursiones transatlánticas, bien en enero, bien en verano.

I también es vegetariana.

—No sé hasta qué punto es verdad eso que dicen de que la mejor manera de transmitir una idea es predicar con el ejemplo —le comento a mi amiga mientras cenamos en un restaurante de cocina etíope—. De todas las novias, seminovias y pseudonovias que he tenido, ninguna siguió mis pasos. Sólo una era vegetariana, lo era ya antes de salir conmigo, y encima comía atún de vez en cuando y luego empezó también a comer pollo.

Soy un caballero.

«Tiene una mirada triste, pero no da pena, sino que intimida. Parece que el que le estás dando pena eres tú.» (Diarios (1999-2003), Iñaki Uriarte.)

En abril me dejé caer por la Casa Asia para presenciar una charla sobre Hong Kong. Hace unos días asistí a la Casa Árabe para ver sendos documentales sobre Tánger y sobre Mohamed Chukri. Ahora tal vez encuentre algún evento interesante sobre Cuba en la Casa América. Para los que nos gusta viajar, tener estas tres casas —¿Habrá una Casa Oceanía?— en Madrid es una suerte imponderable.

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