Mis primeras Converse

Mi chamán de cabecera me dijo que me alejase de las mujeres cuyo nombre contuviese muchas aes.

«¿Cuántas son muchas aes?», quise preguntarle. Pero ya se había transmutado en águila imperial.

Supongo que cuatro lo son. Así que creo que no he seguido su consejo.

A la mujer de las aes le he explicado que somos dos agentes secretos que han de llevar a cabo una serie de misiones igualmente clasificadas. Mi nombre en código es Jackpot y el suyo es 777. Nuestra primera operación ha sido abortada porque se le ha infectado una muela del juicio. En cinco segundos este mensaje se autodestruirá.

Le escribí para quedar a la joven que me preguntó si pensaba que los dos que figuraban en la pantalla de su móvil estaban liados.

Yo bebía un zumo de jengibre y limón y ella degustaba uno de cúrcuma. Hablamos sobre temas diversos.

Luego sugerí que diésemos un paseo.

Caminamos y caminamos y ella me hizo muchas preguntas.

Ya eran las nueve y veinte cuando sacó su teléfono móvil al tiempo qué preguntaba qué hora era. Había quedado con una amiga y un amigo para cenar y ya llegaba tarde.

Dijo que tenía que fingir que había pasado la tarde estudiando porque era lo que les había dicho a esos amigos.

—Es que ellos querían quedar antes, pero a mí me parecía más interesante quedar contigo.

Naturalmente la besé.

«Si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar, / no te olvides que soy distinto de aquél pero casi igual.» (Diez años después, Andrés Calamaro.)

Lo estaban, por cierto. Liados, digo. Los de la foto de su teléfono.

K y A se casan. Estábamos cenando con V cuando nos lo comunicaron.

Unos días antes les aseguraba a los de mi trabajo que jamás iría a una boda aunque fuese la de uno de mis mejores amigos.

Unos días después me tragaba mis palabras con kombucha.

«Era amistad / porque no había reglas; / sólo excepciones.» Como dijo el poeta.

777.—¿Te gustan jóvenes y de busto turgente?

Jackpot.—Me gustan guapas e inteligentes.

El amor es como una canción en cantonés de Candy Lo: es maravilloso, dura poco, y cuando termina te das cuenta de que no has entendido nada.

Veo cualidades en las personas que nadie más ve. Yo, que no soy, como Jaime Bayly, un canalla sentimental sino, en todo caso, un sentimental estoico con algo de cara dura, no me ando con melindres a la hora de hacer partícipes a dichas personas de mis observaciones.

Al hacerlo, se suelen sorprender, del modo en que lo haría un agricultor octogenario que va a una casa de empeños a que le tasen cinco pesetas de mil novecientos cincuenta y dos.

Yo, por mi parte, me siento como el experto que emerge de la trastienda atravesando unas cortinas para descubrirle el tesoro que tiene entre las manos.

La que también ve cualidades en las personas que nadie más ve es X. O esa sensación tuve cuando, hace unos meses, me escribió un correo en el que confesaba sentir atracción física por mí:

[…] pero te voy a contar, por si tienes curiosidad al respecto, qué es lo que me parece tan excitante de tu persona:

Evidentemente hay una afinidad intelectual aunque más de ti hacia mi que de mi hacia ti, porque yo no doy una, como Pierre, mientras que tu sueles acertar conmigo. Pero esa sensibilidad con las cosas que tienes me parece sumamente atractiva, no hay más que observar tu vestir, tu casa, tu forma de tratar los objetos, para darse cuenta. Me gusta cómo aprecias las formas, los sonidos, los detalles de lo que ocupa los espacios que hay a tu alrededor. Eres, en fin, un ser humano sumamente rico en matices y Dios sabe qué se cuece en ti para que puedas sorprenderte tanto por una «simple» reacción humana (en el mejor sentido).

Pese a tu aparente estoicismo, cuando deseas algo o sientes fascinación te chispean los ojos y cambia tu mirada radicalmente: todo lo que no mueves el cuerpo lo expresas así. Además eres sumamente masculino, algo que armoniza fantásticamente con todo lo que acabo de mencionar. Y bueno, para terminar, la cantidad de pelo que asoman tus brazos es considerable y ya sabes que esa es una de mis debilidades.

Necesitaba unos zapatos más frescos para el verano. Tenían que ser de lona y negros. Y no quería comprarme unas Vans porque ya tuve dos pares y a los tres meses se habían rajado.

Fui y lo hice. Me compré unas Converse. Totalmente negras, goma incluida. Mis primeras Converse.

—Tienes teorías para todo —me dijo Z.

A Z la conocí en el vagón de silencio del AVE. Le pedí el número de teléfono y quedé con ella.

Conocer a alguien en el vagón de silencio es un hito social que creo que sólo he superado aquella vez en que convencí a una mujer que no había visto en mi vida —por teléfono, desde el trabajo, y en una primera conversación que, además, era de índole laboral— de que se viniera a mi casa.

«[…] pero, como ya sabes, yo, cuando me lo propongo, soy un tipo bastante cordial y, si me dan quince minutos, acabo llevándome bien con todo el mundo.» (La caza del carnero salvaje, Haruki Murakami.)

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