Maneras de llevar la corbata

(Blog El Hombre Solitario, septiembre 2011, Roger Wolfe)

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No todos los días le escriben a uno un soneto. Yo de hecho creo que sólo me ha ocurrido una vez hasta la fecha. Su autor, Rafael Sarmentero, me lo envió hace meses por correo. Si lo cito aquí es para celebrar la ocasión, y porque el soneto, como creo que la ocasión, lo merece:


TODO EL MONO DEL MUNDO

a Roger Wolfe

Tres semanas después de que ocurriera,
aún sigo enganchado. Pataleo.
Exijo nuevas dosis de recreo
que alivien el martirio de esta espera.

Como tú en tu primera borrachera,
así de vivo estoy cuando te leo.
Sin ti me viene el mono, me mareo,
me sonríen los zombies por la acera.

Asfixiante calor que me oxigena,
que vuelve del derecho y apuntala
el tejado de un mundo ya en el suelo.

Suicida potencial de Nochebuena,
escritura total que se resbala
por las grietas telúricas del cielo.


El libro al que hace referencia el título de la pieza, Todos los monos del mundo, lo publiqué yo en 1995, y está totalmente agotado. Pude sin embargo localizar un ejemplar en Iberlibro, cuyo enlace le mandé a Rafael, que ni corto ni perezoso encargó y recibió poco después en casa ese último volumen, con el que espero que consiguiera quitarse el mono, aunque sólo fuera durante una temporada.

Después estuvimos intercambiando cartas electrónicas, espaciadamente y en régimen de lo que yo llamo peloteo lento epistolar, durante unos meses.

Yo le mandé algunos libros, prácticamente imposibles de encontrar, con amables y en la medida de lo posible ingeniosas dedicatorias personalizadas.

Rafael me lo agradeció sorpresivamente, haciéndome llegar un día una corbata; una corbata roja, de ancho corte tradicional, que no le hubiera quedado nada mal a Robert Mitchum en alguna de esas magníficas películas en blanco y negro de los años cuarenta y cincuenta (Retorno al pasado, por ejemplo). Sólo que en aquella época las corbatas se llevaban por encima del ombligo, y aunque me parece una forma sumamente elegante de lucirlas, yo soy hombre de patrones clásicos, y me gusta que me queden a la altura justa de la hebilla del cinturón (¡ni un milímetro más abajo!).

Cuando me pongo para ir a trabajar la corbata que Rafael me regaló casi se diría que sufro un poco menos del escabechado mental que provocan, en la correspondiente lata-cabina de traducción, mis labores de intérprete simultáneo. Es el poético efecto de los objetos que más queremos, a propósito del cual tiene por cierto Drieu La Rochelle un párrafo que me resisto a dejar de citar aquí:

En las cosas modernas todo es absolutamente feo y no se puede esperar nada de ellas. Sin embargo, en medio de estas cosas perecederas nosotros debemos salvarnos. Cada uno de nuestros objetos familiares debe ser escogido, ha de tener un poder de talismán; sólo podemos salvarnos rodeándonos de objetos que contengan un valor de salvación.

No sé si Sarmentero habrá leído Gilles, la novela de la que está sacado este fragmento del gran Drieu, pero desde luego es consciente, como buen poeta que al fin y al cabo es, del poder salvador de esos objetos familiares que los que conocen el valor verdadero de las cosas saben escoger con cariño, gusto y elegancia.

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Algún tiempo después me llegó otro envío de Rafael Sarmentero, que resultó ser un ejemplar de su más reciente libro de poemas: Dadá demodé, publicado este año de 2011 en la colección Hecho en Lavapiés (Ediciones Amargord), que dirige el incombustible Hipólito García Fernández desde sus taumatúrgicos talleres del referido barrio madrileño, si un tiempo castizo hoy globalizado.

El volumen me entró lentamente, como el ron venezolano que en mis días ya lejanos de barra fija consumía. Lo leí primero en salteados y ensimismados tiempos muertos, que son muy propicios para la ingesta poética, y luego, tras dejarlo descansar un tiempo, lo releí de tapa a tapa de un tirón.

El poemario, ilustrado por los dibujos de rectilíneo naíf a tinta china de Bárbara Butragueño (de los que el que más me gusta es el de la decimonónica bicicleta que adorna la cubierta del libro), se divide en cinco secciones de siete poemas cada una, con una bisagra de catorce sorprendentes y fresquísimos haikus modernos entre sus dos primeras y sus tres últimas partes.

Los poemas de Rafael Sarmentero tienen un profundo contenido ético; es poesía, la suya, de ideas, que se entiende en la primera lectura y hace uso, en todo momento, de un correlato objetivo realista cotidiano. Pero es honda, y pide, como suele pedir la mejor poesía, más de una lectura.

La primera sección, «Poética del casi» («La suprema redondez insatisfecha./ La hermosura masoquista/ de la gloria que se escurre./ Esa infinita poética del casi»), sienta ya con solidez los cimientos del poemario. La última de sus estrofas nos sitúa de lleno en el marco vital de quien escribe:

Sólo entonces da comienzo mi misión;
la que, obviando sinsabores,
da razón a mi existencia:
la misión a vida o muerte de escribir.

Sarmentero ha demostrado ya, en la antesala, que domina el verso y sus ritmos; es poeta de oído fino, que ha hecho evidentemente los deberes. Eso lo vuelve a demostrar, rizando el rizo del dominio técnico, en la segunda sección del libro, que incluye un manojo de sonetos de más que solvente factura (que el autor sabe escribir sonetos lo hemos visto ya) y de certeros contenidos:

Si mi oferta supera tu demanda
y doy mano a quien par de manos basta,
recuerda que mi mano no se ablanda;
te ofrezco un «desde»; tú pones el «hasta».

De los endecasílabos rimados saltamos luego a uno de los capítulos más interesantes del volumen, que yo personalmente hubiera deseado que fuera mucho más extenso: la mencionada serie de «haikus modernos». Se trata de catorce piezas que podrían definirse como poemas-aforismo, de tres escuetos versos cada uno, que no tienen desperdicio. Me apetecería citarlos todos, pero me conformaré con tres:

Hay injusticias
—me sabe mal decirlo—
bien merecidas.

Suena la lluvia
como si crepitara:
fuego de agua.

(Leyendo este segundo haiku se le viene a uno instantáneamente a la cabeza aquel breve poema de Prosemas o menos, de Ángel González, un poeta cuya obra se diría que Sarmentero conoce bien: «No fue un sueño,/ lo vi:// La nieve ardía».)

Cuando apareces
con tus cuatro lunares…
¿Qué iba diciendo?

Este último quizá fuera juzgado banal por más de un crítico al uso; y en materia de críticos al uso, y de académicas cejas enarcadas, puedo asegurar que sé lo que me digo. Yo sin embargo lo encuentro de un vago erotismo cosquilleante y elusivo francamente exquisito. Me parece un perfecto ejemplo de poesía encontrada: ésa que aparece donde menos te lo esperas, y que viene vestida, o en este caso tal vez desvestida, de otra cosa.

En la siguiente sección, que es la que da título al poemario, encontramos un puñado de sólidos poemas que insisten en el tema ético, y juguetean con cierto sarcasmo blasé que recuerda al Luis Alberto de Cuenca de La caja de plata y El otro sueño, claramente presente en la pieza titulada «La cena»: «Me aconsejan que no saque un/ libro en medio de la cena:/ que leer con gente al lado/ es de mala educación...». Esta parte termina con dos bellos poemas de amor, que contienen fogonazos cuasi chandlerianos, dignos también de un Luis Rosales («Tengo ganas/ de un columpio entre tus ingles»), y salinianos versos memorables:

Es que no nos sirve nada:
beso, abrazo, tiempo, amor.
Y tenemos que crearlos
para darnos a nosotros
todo por primera vez;
que nos pille por sorpresa
tanta vida recién hecha
que nos llama a darse a luz.

Aquí está quizá el Sarmentero más profundo, que aprovechando el intermedio introspectivo nos da la clave del título del libro: «Soy dadá contra el anciano/ y demodé contra el joven».

Más adelante, como si de algún modo quisiera redimirse de posibles excesos de seriedad, el poeta volverá no obstante a las travesuras con un poema-esemese de fulgurante brillantez:

Estoy enamorado de ti.
Pásalo.

Pero Rafael Sarmentero sabe que como él mismo dice «la corbata va por dentro»; y también, dulces paradojas de nuestra condición, que en último término nada tiene demasiada importancia. Excepto una cosa, quizá: vivir la vida a cada instante, ardiendo serenamente en la eterna llama del presente.

Por si muero, ya os lo advierto:
que ninguno se lamente;
he vivido suficiente
y eso exculpa a cualquier muerto.
Mi objetivo está cubierto,
pues doy fe de que viví,
de que amé, de que escribí,
de que me sentí querido.
Si me muero, sólo os pido
que no estéis tristes por mí.

Este poeta, que a sus treinta y tres años parece haber asimilado ya las sabias enseñanzas de Epicuro, va a dar que hablar; de ello estoy seguro. Como lo estoy de que no sólo puede sentirse querido, sino tremendamente orgulloso.

Aquí tiene un lector que aguarda sus próximas entregas.

RAFAEL SARMENTERO
Dadá demodé
Colección Hecho en Lavapiés
Ediciones Amargord