Me voy a casa, que tengo que resolver un sudoku

¿«Me voy a casa, que tengo que resolver un sudoku» suena a excusa?

No lo es.

H me regaló el otro día un florilegio de sudokus seleccionados y grapados por ella. Un detalle precioso.

Con toda la buena intención del mundo, meto el portátil en el bolso y acudo a mi cafetería habitual.

Vengo a corregir una novela. Mi idea es terminar la labor esta mañana. Pero, claro: no contaba con el sudoku.

Llevo dos días tratando de resolverlo. Se supone que es fácil. Y no debe de ser complicado; el problema es que me resisto a trazar hipótesis. Quiero avanzar utilizando únicamente la deducción, no quiero probar números como un zahorí volviendo de un after.

Me doy cuenta de que es imposible resolverlo sin hacer asunciones. Sin formular hipótesis. Más tarde leeré en Internet que ésa es labor inevitable y consustancial al sudoku. Sufro una pequeña decepción. Copio el pasatiempo en mi libreta y pruebo distintas opciones. Cuando se transforma en un proceso mecánico de prueba y error, cuando hay que hacer uso de técnicas de backtracking como un simple autómata, ya no me divierto.

De once a dos. No he hecho otra cosa. Sólo pelear contra el sudoku. La literatura ha muerto. Mi carrera literaria ha fracasado. Es el fin del universo. Para colmo, escribí en Facebook que un anticapitalista es alguien que está en contra del dinero de los demás, y que un comunista es alguien que no respeta al prójimo, y mi amigo C me ha respondido, se ha declarado «Hipercomunista» y no hace más que replicar a cada comentario que le hago. Critica el capitalismo. Censura el hecho de que un usurero pueda hacer préstamos con intereses elevados. Yo le digo que el capitalismo es el único sistema ético que existe porque es el único que respeta a las personas. Prohibirle al prestamista que elija el interés al que quiere prestar su dinero y obligarlo a hacerlo con el interés que a ti te parezca adecuado es imponerle y, en consecuencia, no es respetarlo. Yo sólo quiero ser feliz.

Entro en una pizzería. Mientras como, tengo el sudoku encima de la mesa. Le doy vueltas. No hay forma. H se siente culpable por habérmelos regalado. Espanto esa idea de su cabeza apelando a mi desarrollo cognitivo.

Vuelvo a casa. Me doy cuenta entonces de que había puesto un cuatro en un lugar que no correspondía. Un garabato que nació con la intención de ser número pero cuya materialización aborté me ha confundido visualmente y me ha llevado a no considerar esa casilla como posible ubicación de ese cuatro.

Tras llevar a cabo esta corrección y con la licencia de las hipótesis, consigo descifrar el maldito sudoku. Y anuncio mi retirada —temporal, al menos— de la resolución de sudokus. Gané.

Me gustan los retos intelectuales. Lo malo es que me impiden dedicarme a otra cosa. No puedo parar hasta que no los resuelvo. No puedo pensar en nada más. Pero no son productivos. Los resuelvo, ¿y qué? ¿De qué sirve? Son meros retos, nada más. Y puestos a elegir, si tengo que darle al tarro, prefiero que sirva para algo.

En la cafetería, un tío le pregunta a su mujer si tienen bolsas de basura negras en casa [sic] para meterse dentro [sic] y quitársela justo antes de empezar a correr [sic]. Que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

Por la tarde termino de corregir la novela. Gané bis.

Archivo

Suscríbete o tendrás cinco años de mala suerte

Si quieres recibir los artículos exclusivos para suscriptores, déjame aquí tu e-mail y yo personalmente te enviaré dichos textos cuando los publique. De no hacerlo, ya sabes que tendrás cinco años de mala suerte.