Los tangerinos hacen Forex (y 3)

Los tangerinos son moralmente superiores a los españoles porque en los restaurantes siempre sirven aperitivos veganos. Al plato de torreznos o a la clásica rebanada de pan de ayer con media sardina muerta encima —sushi español, lo llaman—, ellos responden con patata o remolacha cocidas, o con un platillo caliente de lentejas.

Es imperativo entrar en la Librairie des Colonnes, curiosear los libros de Chukri y de Goytisolo y dejarse confortar por un cartel que enumera insignes visitantes de la ciudad: Burroughs, Gaudí, Bowles, Beckett… y ahora también Rafael Sarmentero, el mejor escritor de todos los tiempos.

Regatear y regatear —no como estrategia, sino como pura invitación a la cordura— y llevarse al final un trilobites «con tapa» para comprobar —días más tarde— que muy probablemente se trata de una falsificación. Así las cosas por Tánger.

Por la mañana nos acercamos a la playa porque H quiere «tocar el mar» [sic]. Me sorprende que una ciudad que a mediados del siglo pasado fue poco menos que el centro del Mundo y que aún hoy es visitada por turistas procedentes de todos los rincones del orbe, sea ahora, en dos mil diecisiete, cuando va a ver construido su paseo marítimo. El razonamiento que hago es que a Tánger le dan igual los turistas. «Si te agrado, te agrado, y si no, mala suerte», parece decirles. Y eso me gusta.

El mar es un plato. Es posible que nunca haya visto olas más pequeñas.

Continuamos nuestro paseo ventilándonos sendos Raïbis, bebida parecida al yogur líquido de fresa, aunque en su etiqueta se alude alegremente a la granada.

Si no te has tomado un té con hierbabuena en vaso largo en el Gran Café de París, no puedes ser escritor, como dijo el poeta. Y eso hacemos. Desde el interior del local achaflanado disfrutamos del trasiego de viandantes que transitan por delante de sus ventanales.

Por la tarde pedimos un taxi y nos desplazamos hasta el Hotel Villa Marine —casa de huéspedes, más bien— situada en Ksar es Sghir, una localidad próxima al puerto nuevo, cuyo esplendor debe de ser únicamente estival.

La ducha está dentro de la habitación, algo que sólo había visto en un minúsculo habitáculo con tatami en un hotel de Kioto.

Como no hay restaurantes próximos, nos procuramos una cena de supervivencia en una tiendecita que hay cruzando la carretera. En la cama extendemos, sobre una toalla, unas rosquillas, unos yogures y unos pastelitos que compramos el día anterior en una repostería.

Al día siguiente nos subimos a un taxi compartido que nos deja en el puerto dos horas antes de que salga nuestro barco.

En algún momento del viaje a Tánger llego a la conclusión de que voy a esforzarme por ser más comprensivo, más empático, más paciente y, en definitiva, mejor persona.

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