Los tangerinos hacen Forex (1)

En la cafetería de Tánger Med —el nuevo puerto de Tánger, inaugurado en 2007—, ya descubro el negocio.

Y el negocio es el siguiente: tú le das al camarero veinte euros, y él te devuelve doscientos dírhams. Anoche miré a cuánto estaba el cambio euro / dírham y comprobé que estaba a 10.68.

Pero el camarero efectúa la equivalencia 10 MAD = 1 €, y gana con el cambio. «El negocio», pienso. «Los tangerinos hacen Forex».

Es de noche. Ya en el taxi. Cada tanto: coches aparcados en la cuneta. ¿Averiados? Cada tanto: gente vestida de negro corriendo por la cuneta. ¿Suicidas? Cada tanto: súbitas apariciones en la cuneta de bigardos ataviados con chilabas blancas. ¿Fantasmas?

El taxista: sin prisa por volver a su carril tras rebasar la línea continua al tomar una curva abierta. La carretera: vieja, agrietada, con algún que otro bache.

Nada más salir del Continental, un ganapán se nos adosa.

—Moros y cristianos somos lo mismo —dice, entre otras frases de guía turístico.

Cuando H le suelta unos dírhams tras cambiar moneda, el tío protesta alegando que eso no es nada, que es menos de un euro. Ahí te quedas.

En la Plaza del 9 de Abril compramos y comemos un cucurucho de habas y una bolsa de garbanzos, ambos cocinados y especiados. Estaría muy bien que esta posibilidad de tomar comida sana —léase: básica, sin guarrerías innecesarias— se extendiera por ciudades como Madrid, donde lo más parecido que he encontrado son las mazorcas de maíz chamuscadas y los boniatos calentados en papel de aluminio.

Cuando estamos cenando en el sótano del Restaurant Rif Kebdani, oímos los gritos de una mujer procedentes del piso de arriba. Le pregunto a H, que habla dariya, y me indica que la mujer ha dicho algo relacionado con llamar a la policía.

Las aceitunas verdes que nos sirven a modo de entrante son diferentes a las distintas variedades que he probado en España. Son de un tono verde amarillento y de un tamaño levemente superior al de las arbequinas. Las aceitunas vienen acompañadas por un platillo de besara.

No encontramos locutorio alguno. Para contactar con nuestros respectivos progenitores, recurrimos a un teléfono situado en el exterior de un cyber. El aparato se traga nuestras monedas sin que consigamos nuestro propósito.

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