Los mares del Sur

Si los gurús de la autoayuda lo tuvieran tan claro no publicarían un segundo libro.

Quizás sea la persona menos corporativa que conozco.

No estoy para nadie. No me esperes a cenar. Estoy ―y ya es suficiente― para mí mismo: escribir, leer, escuchar música clásica u ópera; hacer las tres o cuatro comidas del día y respetar las horas de sueño. No me pido más. En mi cabeza no está sonando Funiculì, funiculà, pero tampoco pretendo sonar dramático; podría escucharme y llegar a creérmelo. Y esa adolescencia autocompasiva —valga la redundancia― ya la superé.

Leo entrevistas a Alex Garland y pienso mucho en La playa.

Yo debería estar en los mares del Sur. En Samoa, por ejemplo, donde murió Robert Louis Stevenson a los cuarenta y cuatro años. Una vez leí que los samoanos sufrían un extraño sobrepeso de origen genético que se manifestaba súbitamente a determinada edad. A mí no me preguntes. Que Dios bendiga a Robert Louis Stevenson. Ars longa vita brevis good karma aloha namasté.

El problema es que somos instinto y neocórtex. Y eso es un arma de doble filo y es una yunta con dos bueyes que tienen sus propias ideas y así nos va.

Tu síndrome de Peter Pan despierta en mí el síndrome del Capitán Garfio. Feliz fin de semana.

El crimen no compensa y el sueldo tampoco. Nunca he esquiado. Nunca he estado en Indonesia. No he visto Cinema Paradiso. I don't believe in Yoko. Todos vamos a morir.

«¿Y si nada existe y estamos todos en el sueño de alguien? O peor, ¿y si sólo existe el tipo gordo de la tercera fila?». Woody Allen.

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