Las yonquis de la novedad amanecen degolladas en cunetas púrpura

No recuerdo quién dijo que la felicidad es el cociente entre lo que has obtenido y la expectativa que tenías. Esta afirmación pone de manifiesto algunas otras verdades inferidas, como que siempre se puede ser más feliz de lo que se es incluso si uno ya se halla aparentemente satisfecho con la vida que tiene.

No sé por qué me he puesto a hablar de la felicidad. A veces me vienen pensamientos y yo me limito a registrarlos en éste mi heterogéneo cuaderno.

Me he apuntado a un máster universitario de Ciencia de Datos. A distancia. Por lo pronto, dos asignaturas. La docencia empieza a mediados de febrero.

¿A quién se le ocurre? ¿No tengo ya bastante con cumplir mi jornada laboral, escribir mis novelas, poemas y diarios, hacer la compra, cocinar, limpiar, cubrir mis necesidades afectivo-sociales y las de quienes me rodean? ¿Voy a ponerme también a estudiar? ¿Me arrepentiré cuando me vea embozado de dataframes, ahíto de vectores, borracho de matrices? Seguramente. Pero es lo de siempre: mejor hacer algo y arrepentirse después, que arrepentirse antes y no hacerlo nunca.

Aquí, pululando por la terraza del Pepe Botella, hay un loco hablando solo. Ninguna terraza sin su loco. Madrid, año de gracia y de la rata, etc.

Dos locos hay ahora. Dos locos conversando con entes imaginarios.

La otra noche Anthony Joshua le partió la cara a Kubrat Pulev. En el horizonte se vislumbra ya el combate del siglo: Anthony Joshua contra Tyson Fury. Todo apunta a que se celebrará el año que viene. Me gustaría que ganara Tyson —como en los viejos tiempos, aunque ahora se trata de Fury, no de Mike—. Es un loco bastante divertido.

Siento cierto decaimiento; una leve pérdida de ilusión. Ilusión, diría Dragó —poco amigo del término—, significa engaño.

De alguna manera lo es. La ilusión es el único antídoto para el nihilismo: Si nos vamos a morir de todos modos, ¿qué sentido tiene seguir viviendo?

Lo primero que Viktor Frankl les preguntaba a sus pacientes era: ¿Y usted por qué no se suicida? La respuesta es: por la ilusión. Es decir: la creencia de que el futuro tiene algunas satisfacciones reservadas para nosotros que no nos queremos perder.

La definición de felicidad que encabeza este texto alude al pasado y al presente: el cociente entre lo que has obtenido y la expectativa. Pero ¿qué hay del futuro? ¿Acaso no juega un papel determinante en la felicidad?

Digamos que tu expectativa era ser un futbolista de Primera División y que lo que has conseguido es convertirte en el mejor jugador de fútbol de la Historia. Según la definición anterior, tu felicidad debe de ser muy elevada. Pero ¿qué pasa si ya tienes treinta y siete años y acabas de colgar las botas? ¿Si no sabes qué vas a hacer con tu vida ahora que te retiras…?

En cambio, si tu expectativa era llegar a Primera División, no llegaste, pero se rumorea que te van a contratar como entrenador de un equipo puntero de Europa, tu felicidad será alta. No por lo que has obtenido, si no por lo que anticipas que vas a obtener.

Yo normalmente oscilo entre un siete y un ocho de ilusión. Necesito la pasión y, en gran parte, soy yo mismo el que la alimenta arrojando entusiasmo a la caldera de la vida. Escribir obras maestras; viajar a todos los lugares del planeta; pasar tiempo con mis seres queridos; tal vez tener un hijo con el nombre que, desde hace años, tengo elegido para él…

No existe lo apasionante. Existen los apasionados. Hay quien se entrega con pasión a todo cuanto emprende y a todo cuanto le rodea, y quien no lo hace a nada ni a nadie.

La pasión, inicialmente, tiene que salir de uno. Tú sabes que la vida, igual que el arte, / si no está en ti, no está en ninguna parte. Como dijo el poeta. Como hacía Michael Jordan cuando se inventaba que los rivales habían hablado mal de él para motivarse, así me entrego yo a algunas causas, alimentándolas con el mismo énfasis con el que luego ellas, agradecidas, me alimentan a mí.

Pero el otro día —decía— me sentía decaído. Del siete u ocho de ilusión había bajado al cinco. De modo que tomé tres decisiones: salir a correr, ir al cine a ver el documental sobre Umbral, y quedar para tomar café. Cada cosa en un día.

No hizo falta llegar al segundo hito —aunque lo hice, y con gusto—: correr me curó la desazón. Solo fueron quince minutos por el Retiro. Pulsé el cronómetro de mi modesto Casio World Time de resina negra y cuando llevaba siete minutos y medio de carrera, di la vuelta. Total: catorce minutos y cincuenta y tres segundos. Llegué a casa, me duché, asistí a un curso on-line —Big Data Architect—, cené y me acosté. Dormí algo menos de siete horas, pero me levanté más descansado que ninguna otra mañana. Me encontraba pleno de energía, como si me hubiesen reemplazado la batería semigastada por una alcalina lista para estrenar.

Ser escritor es ante todo un afán, una necesidad de ser diferente.

Paco Umbral

Creo que me voy a comprar un pulsómetro. Como decía Krahe sobre los porros, puedo escribir sin fumar porros. Pero para qué voy a hacerlo si puedo escribir fumándolos. Es decir: que puedo correr con un reloj básico; incluso sin reloj. Pero si puedo llevar un pulsómetro que refleje mi progreso y me motive, por qué no hacerlo.

Hay personas a las que les molesta que su pareja esté siempre mal. María es la única persona que conozco a la que le molesta que su pareja esté siempre bien. No es que desee mi desventura. Ella lo que quiere es su dosis de ocio. A ella le gustaría que yo le viniese cada poco con hiroshimas domésticos. Que me quejase de la situación actual, del trabajo, de los cursos… Que la entretuviese, supongo, en fin, con pequeños problemas. Pero qué le vamos a hacer: casi siempre estoy bien. Casi todo lo digiero con resignación budista. Ella me quiere drama queen y yo le he salido estoico. Ya es mala suerte. Pero no me atribuyas un excesivo mérito: no tengo grandes problemas. Es la verdad: no tengo grandes problemas. Podría magnificar mis eventuales contratiempos de guardería. Pero estaría fingiendo.

Hay quien utiliza la queja como mecanismo de purga de sus sinsabores. Yo, salvo puntuales excepciones, es como si viniese ya quejado de casa. Por ejemplo: tengo pendiente una horrible cantidad de trabajo. ¿Cuál es mi proceso emocional? Surge el trabajo. Pienso: Menudo rollo lo que me espera. Y, en el mismo momento de reconocer conscientemente el fastidio que me supone, éste cristaliza cual gota de pegamento instantáneo. Algunas personas necesitan el vaso de agua de la queja para apagar la cerilla de la molestia. A otras se nos apaga la cerilla lo suficientemente pronto como para que no necesitemos alargar el brazo hasta el agua para evitar quemarnos.

* * *

Ahora puedes insultarme. E incluso elogiarme. Déjame tu mensaje:

Quiero ser tu amigo*.

(*) Lee mi manifiesto sobre las redes sociales.