Las palabras de un loco

Le hablo a H de las reglas, corolarios, silogismos, que condicionan mi vestuario. Al escucharme siento que estoy escuchando las palabras de un loco.

El proceso de pensar la novela es el más gratificante. Pero también es el más duro. Porque no puedo simplemente sentarme e idear la novela en un par de horas. Lo hice con Fucsia Fantasía, pero no es lo normal. Y menos cuando la novela tiene una estructura elaborada. Su forma piramidal me impide concebirla en una sola sesión. Necesito madurarla. Preciso de un número nada desdeñable de acometidas en las cuales voy añadiendo, quitando, modificando planteamientos, hasta que la granularidad del entramado es suficientemente fina como para que el conjunto refleje un orden y una suavidad prometedores.

Ese crochet de derecha que te partió dos piños está sacado de contexto.

Siempre se debe respetar la presunción de inocencia. Ninguna persona es responsable de lo que haga otra. Los prejuicios han de servir para aumentar las precauciones, no para restringir las libertades.

Nadie en su sano juicio cree en Dios.

H no le echa azúcar al café y comoquiera que es un hábito que he tratado de desarrollar sin éxito, me he impulsado con su ejemplo para intentarlo una vez más. Prescindir del azúcar en el té y demás infusiones me llevó apenas tres o cuatro días. Este proceso es más lento, pero después de varias semanas empiezo a disfrutar del sabor amargo del café sin que mi paladar extrañe ese dulzor adicional que lo silencia.

He adoptado la Kaweco Sport Brass como mi estilográfica «por defecto». Es la que, con tinta negra, trazará todo cuanto escriba. La que llevaré siempre conmigo; en Madrid, «de diario» y también cuando viaje. Las correcciones, con tinta roja, las haré con otra pluma aún por determinar. De momento, a la espera de una futura adquisición, me valdré de la Pelikan 200 M.

Sueño que estoy frente al mar y que unos terroristas proceden a ejecutar a unos individuos. El método de ejecución consiste en colocar a los susodichos sobre una balsa rudimentaria —una superficie rectangular construida mediante unos tablones— en la que hay una trampilla. La trampilla está unida con cuerdas a los remos, de manera que si no reman, la trampilla se abre. Bajo el agua aguardan cuatro tiburones —dos a cada lado— amarrados a la balsa. A mí que me registren.

De sobra es sabido que un campo de entrenamiento se propone el objetivo de manufacturar un producto: el ego de un púgil. En el campo de Muhammad, sin embargo, no se encargaban de la manufactura ni el ausente representante ni los entrenadores ni los sparrings y ciertamente tampoco la sombría atmósfera que en él se respiraba. No, de todo el trabajo se encargaba el propio Alí. Él era el producto de su propia materia prima.

Norman Mailer, El combate

Estoy en mi cafetería favorita. Al tiempo que leo este delicioso párrafo de El combate, un par de perroflautas se acercan a venderme basura socialdemagoga en forma de periodicucho:

—Estamos en campaña —le dice uno a la mujer que está sentada a mi derecha—. Es contra los recortes en sanidad y educación. Es una vergüenza.

—No me interesa —le digo cuando me interpela.

Lárgate con tu panfleto, hippie. A otro con ese rollo. Búscate un trabajo y déjame leer tranquilo a Norman Mailer. ¿Quieres que haya más dinero para sanidad y educación? Monta un negocio, gana dinero, y los elevados impuestos que te obligarán a pagar se encargarán del resto.

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